Exposición Otros Hedonistas en Universidad de Chile

 

Desde el lunes 24 al viernes 28 de septiembre se estará presentando la muestra Otros Hedonistas, en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, en la Sala Juan Egenau, ubicada en Las Encinas #3370, Ñuñoa. 

Lunes 24 de septiembre de 2018

En 1968, George A. Romero remece el ojo del espectador contemporáneo con el estreno de La Noche De Los Muertos Vivientes, cinta inaugural del género zombie, expandido en la actualidad hasta el hartazgo. El gran público suele creer que el film es aún más antiguo, ya que está realizado en blanco y negro. Sin embargo, el cine a color existía hace unas cuantas décadas y restársele fue una decisión puramente económica: Romero contaba con un presupuesto miserable y filmar en grises era muchísimo más barato. Aquel salir del paso terminó por convertirse en un beneficio, fue lo que le dio a su película esa impronta cruda de documental de guerra y lo que a su vez posibilitó una serie de otras economías: la incorporación de escenarios pedestres, vestuarios de segunda mano, maquillaje y efectos especiales precarios (al punto de que para hacer las veces de sangre, dada su viscosidad e intenso color oscuro, se utilizó salsa de chocolate envasada).

En la exposición Otros Hedonistas, las pinturas que componen esta muestra exhiben un manejo de recursos y una inteligencia similar. El óleo chino es expuesto en gruesos empastes que cubren de manera parcial, telas recicladas.

El pigmento diluído en material de carga es arrastrado a punta de espátula sobre maderas aglomeradas y cartones; se encostra, licúa y chorrea degradado con pintura industrial. En estos cuadros, el fantasma de Couve se encarna, macilento, en los pellejos amoratados de un zombie.

Las escenas turbias de Bonnet, recuerdan a las de los VHS porno que circulaban entre los adolescentes de principios de los noventas, con un borroneo y arrastre de la materia pictórica sobre la superficie de la tabla, análogo al intento desesperado por desplazar el ruido y el descalce de las carnes proyectadas en RGB, presionando de manera frenética el botón de tracking. Mientras esta acción intentaba limpiar la imagen en pantalla, el gesto de Bonnet busca contaminarla hasta devolver un amasijo ambiguo que le permita transitar de lo lúbrico a lo lúgubre. Si en sus pinturas las figuras son todavía reconocibles, en las de Gaete el borrón es exaltado al rigor de un sistema constructivo. Tras una serie de energías desbordadas -raspados, tires y aflojes, frustraciones, vislumbres y arrepentimientos- los fragmentos de cuerpo aparecen arrojados a la tela como los despojos de una cena impúdica.

Por su parte, los edificios de Bravo trastocan el hormigón por carne enferma y cenicienta, su arquitectura, por heridas encostradas de óleo.

Esta serie contrasta materialmente con los cartones de la misma artista, donde el aguarrás mineral quema el pigmento y lo estampa en la superficie, como el sol de mediodía quema el color del cemento reventándolo de blanco.

La paleta que atraviesa las obras de los tres artistas, recuerda tanto a la imagen impura del videocasette, como a la evolución de un moretón sobre la piel: desde los amarillos y verdes enfermos, pasando por el carmín de los capilares reventados, hasta los tonos violetas, los tintes negruzcos y azulados.

El placer al que se entregan estos otros hedonistas, no es al de las exuberancias rosadas de Rubens, ni al de los brillos rutilantes del broccato y el oropel, tampoco al del pintor alquimista y charlatán que transmuta el óleo para encarnar lujo seductor y apariencia, es el placer del desparpajo, del barro y la opacidad, de los cuerpos lívidos tras el vómito y la resaca; es la fascinación por el material descarnado, que expone su condición de mugre coloreada, escupiéndola al ojo del que la mira.

 

 

Tomás Fernández Díaz

Pintor y Académico de la Universidad de Chile