Chernobyl y la radioactiva naturaleza humana

“¿Cuánto cuestan las mentiras?… El peligro es escuchar tantas que ya no reconozcamos la verdad”. Chernobyl, el nuevo éxito de HBO, explora con audacia y lucidez las implicancias de las malas decisiones que rodearon al accidente nuclear.

Sábado 8 de junio de 2019

El primer cuadro que nos muestra la serie es revelador: un sillón tapizado con un paisaje natural donde ciervos pastan, con una salvaje tranquilidad, en un bosque sin presencia de la civilización. Fuera de escena, se escucha la voz cancina del científico nuclear Valery Legasov (Jared Harris) exponiendo su verdad de los hechos.

Después del accidente nuclear de la Ucrania Soviética de 1986, es difícil imaginar al bosque del sillón y a esos animales con la misma pasividad. Y es complejo, también, filtrar lo que sucedió utilizando el prisma de las certezas.

Así comienza Chernobyl, la miniserie de HBO codirigida por Caig Mazin y el director Johan Renck. Un relato histórico, condimentado con algunos elementos de ficción, que narra los hechos que ocurrieron después de una fatalidad que bien puede ser calificada como la más grave de la historia.

Y la más terrorífica, por cierto. Las repercusiones que conllevó y los elementos que estuvieron en juego, conforman un escenario futuro que ni la rica imaginación distópica de Phillip K. Dick podría haber conceptualizado: la mitad de Europa radiactiva, inhabitable por miles de años para cualquier ser vivo. Quizás, la muerte de la cultura occidental tal como la conocemos en la actualidad.

Porque hubo daños y fueron muchos. La explosión del núcleo de la planta de fisión provocó que la radiación saliera dispersada, moviéndose a la velocidad de una bala. Treinta personas murieron por consecuencia directa del estallido, 142.000 kilómetros quedaron contaminados, 300.000 personas tuvieron que dejar sus hogares debido a una lluvia radioactiva cuatrocientas veces superior a la presenciada en Hiroshima y la cifra de muertos por cáncer es cercana a los 4.000.

La serie es virtuosa e impactante en mostrar calamidades. Y visceral. En lugar de estallar en giros abruptos, la narración se desarrolla apelando a un nerviosismo constante y progresivo, donde cada episodio es un peldaño superior en la escalada de atrocidad.

En ese sentido, “Chernobyl” no es para espíritus sensibles. La exposición de la muerte se cocina a fuego lento. La desintegración celular de las víctimas, y la de su voluntad, es un proceso de alto impacto donde el espectador se hunde en emociones como la rabia, la compasión, y el miedo, el pavor que implica no tener control de nuestro entorno y estar en el lugar y en el momento equivocado.

Pero más allá de ser una pintura del espanto, la miniserie refleja la dialéctica de la naturaleza humana. Por un lado, los burócratas soviéticos, acaramelados por un comunismo totalitario que no les permite ver más allá de su ideología, compartiendo los mismos vicios que en un minuto juraron combatir: la desinformación, la opresión, la censura y la falta de probidad. “Quien con monstruos lucha, cuide de no convertirse a su vez en monstruo”, diría Nietzsche.

Por el otro, ciudadanos heroicos y anónimos, que gracias a su sacrificio y trabajo permitieron que el infortunio radioactivo quedara circundado en la zona y que sus consecuencias no adquirieran una globalidad que la civilización hubiese sido incapaz de tolerar.

Y es en esta dualidad donde la miniserie tiene tintes de brillantez. Complementada con actuaciones sólidas y comprometidas, con personajes centrales que descienden y ascienden en su arco narrativo, sin ripios de guion, las escenas nos muestran el peligro de la ignorancia y la incompetencia.

Con respecto a esto, más de alguno podrá acuñar a la serie de una excesiva ideologización donde los malos siguen siendo los rusos y los buenos los americanos. Podrían tener razón en vista de que toda interpretación de la historia es subjetiva y bajo esta percepción no existen imágenes o relatos inocentes. Sin embargo, más que atacar una idea, la miniserie apunta a mostrar las implicancias de las decisiones erróneas y tomadas en esferas de poder desasociadas con la realidad. Lo anterior, pudo haber pasado en sociedades regidas por cualquier “ismo”, ya que los patrones de comportamiento, en esas condiciones, pueden llegar a ser iguales o peores.

“Chernobyl” es, ante todo, una serie pedagógica. En una época donde en Chile, la Historia se borra del plan de estudios de los alumnos, el drama de HBO nos enseña con maestría la importancia de aprender de las experiencias colectivas para construir un futuro libre de los mismos desaciertos. Y sin nadie que se dedique a contar los hechos, nadie se encontrará para aprenderlos.

Por supuesto, ahora el desastre se observa con el beneficio y la tranquilidad de la distancia geográfica y temporal. Más adelante, puede que se tenga la desdicha de participar en un fenómeno parecido. En ese caso, ojalá que las decisiones críticas se tomen a conciencia y en beneficio, no de intereses políticos, sino de la gente común y corriente. La miniserie de HBO, por su concientización y por sus múltiples miradas de apreciación, resulta imprescindible.