Christopher Robin: el niño y el osito que todos llevamos dentro

Winnie The Pooh, aquel famoso osito amarillo, curioso y barrigón, regresa a la pantalla grande, pero esta vez en un envase distinto: el Live-action y enfrentándose por primera vez a personajes de carne y hueso.

15 de agosto de 2018

La película está cargada de más melancolía que otros filmes de Disney, pero de todas formas, no decepcionará a quienes conocieron desde pequeños a Pooh y que estén interesados en verlo ahora con otra piel, pero con el mismo corazón.

A primera impresión, puede resultar extraño ver a la creación más conocida de A. A. Milne y sus amigos como personajes tridimensionales, ausentes del lápiz y papel que los ha acompañado por más de 90 años, ahora convertidos en lo que siempre fueron -pero que varios niños y adultos, durante generaciones, pasaron por alto- muñecos de peluche, pequeños y muy peludos. La nueva apariencia del oso Pooh de inmediato hace que los cinéfilos recuerden a los ewoks  de Star Wars o hasta Paddington, otro mamífero velludo y británico, que resulta la antítesis del oso colmenero que apadrinaron los estudios Disney en los 60. Sin embargo, este nuevo aspecto rápidamente pasa a segundo plano, porque Winnie The Pooh sigue siendo el mismo oso hambriento y adorable, salvo que la película de Marc Forster consigue añadirle una cuota de sabiduría e inteligencia emocional, que se complementan con esa apariencia vieja, algo sucia y polvorienta, casi igual al Londres en que se aventuran.

Christopher Robin: un reencuentro inolvidable” es una historia ideal para quienes fueron niños y más para los niños actuales. Están presentes temas que harán que varios adultos se identifiquen, sobre todo si son padres. Entre ellos: la pérdida de la infancia, el surgimiento de la malicia, el estrés, la falta de tiempo para divertirse cuando uno crece, las responsabilidades y la inserción en el frío mundo laboral.

Ewan McGregor interpreta la versión adulta de Christopher Robin, aquel niño que era el único amigo humano que siempre ayudaba a Pooh, Tigger, Piglet, Igor, Conejo, Cangu, Rito y Búho, cada vez que tenían alguna dificultad. Ahora es un hombre cerca de los 40 años que trabaja casi esclavizadamente como ejecutivo en una fábrica de equipajes en el Londres post Segunda Guerra Mundial.

Está casado con Evelyn (Haley Atwell) y juntos tienen una hija llamada Madeline (Bronte Carmichael) –casi de la misma edad que él tenía cuando visitó “El Bosque de los Cien Acres”– pero con suerte las ve cuando llega del trabajo y no cuenta con el tiempo suficiente para ellas. Su indiferente y torpe jefe (Mark Gatiss) lo coloca entre la espada y la pared, al depositar sobre sus hombros una importante decisión que podría salvar o conducir a muchos empleados de la empresa al despido. Esto resulta la gota que rebalsa el vaso y que lo distancia aún más de su familia. Justamente cuando atraviesa esta crisis, Pooh vuelve a su vida, buscando su ayuda para encontrar a sus amigos extraviados en la inmensidad del bosque en el que jugaban cuando jóvenes, pero que ahora posee una persistente neblina,  que simboliza el olvido de sus mejores recuerdos.

Sorprende que las tres cuartas partes del largometraje estén rodeadas de metáforas, ya sea en diálogos, remate de chistes, hasta en la fotografía. Respecto a esto último, está bien complementado el Londres gris de tonos oscuros que desarrolla la película, con la personalidad que ha adquirido Christopher, siendo Pooh y sus amigos los encargados de inyectarle color –figurativamente hablando–  a su vida, como a la ciudad donde llegan, para devolverle la mano a su antiguo amigo.

Esta no es la primera vez que Marc Forster tiene alguna clase de roce con la literatura infantil en el cine. Hay que recordar que el 2004 dirigió “Descubriendo el país de Nunca Jamás”, filme de época, también situado en el Londres del siglo XX, que protagonizó Johnny Depp como James Barrie, el creador de “Peter Pan”. De hecho “Christopher Robin” presenta algunas semejanzas con la historia del niño que nunca creció, como si Forster y los guionistas Allison Schroeder, Alex Ross Perry y Tom McCarthy hubieran elaborado una historia donde su protagonista posee un arco dramático similar al de Robin Williams en “Hook: El regreso del Capitán Garfio” (1991) de Steven Spielberg. El héroe que no se ha reconciliado con su infancia y que la adultez se lo terminó por comer, hasta que el pasado retorna, como oportunidad para sanar heridas y disfrutar del futuro.

Ewan McGregor desempeña de forma correcta su papel, pero sin duda alguna, son los personajes animados computacionalmente los que se roban la atención apenas aparecen. Pooh y Tigger traen el dinamismo a “Christopher Robin: un reencuentro inolvidable” después de varios minutos llenos de melancolía, tristeza contenida, todo esto inserto en un ambiente nebuloso.

Ellos son el pequeño rayo de luz que acaba iluminándolo todo. Tigger es el muñeco que más se mantiene a su esencia original, resultando muy divertido, incluso más que su amigo oso. El burro Igor presenta las mejores líneas del filme, llenas de humor negro que harán reír a los más grandes.

Quienes vean la cinta doblada al español, van a encontrarse con la grata sorpresa de que varios actores de doblaje vuelven a ponerle sus voces a estos dibujos animados, destacando Humberto Vélez (primera voz de Homero Simpson) como Winnie The Pooh, Jesse Conde (Señor Cara de Papa en la franquicia de “Toy Story”) como Tigger y Yamil Atala (Dexter de “El Laboratorio de Dexter”) dándole vida a Piglet.

Esta nueva propuesta de Walt Disney Pictures llegó a la cartelera nacional, sumándose a la seguidilla de adaptaciones realistas de sus clásicos animados que ha supervisado la compañía de Mickey Mouse el último tiempo, aunque en este caso se trata de una especie de secuela. La ternura y la melancolía, con unas pequeñas pero efectivas dosis de humor blanco y preciso, se conjugan muy bien. La interrogante de si logrará a encantar a los niños es difícil de despejar, ya que “Christopher Robin” es una película bien hecha, pero que apela por todos lados a la nostalgia, por lo que el público perfecto debería ser mayores de 16 años, ya que es probable que ese segmento sea más capaz de entender que más que una película de aventura basada en acciones, esta película es una aventura por las emociones.

 

Pablo Carrasco Sáez