El edificio de los chilenos: una historia de todos nosotros

El edificio de los chilenos 
A propósito de los cuarenta años del golpe, recordaba esta cita del filósofo francés Paul Ricoeur: “La memoria es la materia prima de la historia, es el vivero en el que se nutren los historiadores”. Ciertamente, lo que proponía Ricoeur era destacar el valor heurístico de la memoria y, en un sentido más amplio, reconocer su importancia en la construcción y transmisión de la cultura. Ambas acepciones, conocidas sin duda por aquellos dedicados profesionalmente a escarbar en los recuerdos colectivos, toman sentido en momentos como éste, cuando en todas partes se preparan nuevas interpretaciones sobre el pasado reciente. Sin embargo, y justamente por esta razón, la caracterización de Ricoeur parece algo mezquina, pues reduce la memoria sólo a la cultura y evade situarla también en la dimensión de las emociones. A propósito de los cuarenta años del golpe, la primera dimensión conmemora; la segunda, humaniza. Sólo bebiendo de ambas fuentes, la función social de la memoria cobra sentido.
 
 
 En este doble esfuerzo se sitúa el trabajo testimonial de Macarena Aguiló, la directora-protagonista de “El edificio de los chilenos”. El acierto de la obra está en vincular con absoluta naturalidad la experiencia de un puñado de niños (convertidos ya en adultos) al complejo devenir histórico del Chile de la segunda mitad del siglo XX. Por ésta y otras razones, ha recibido el reconocimiento nacional e internacional, incluyendo el Fidoc de 2010.
 
A fines de la década del ’70, y en el marco de la Operación Retorno, algunas mujeres militantes del MIR abandonan su exilio en Europa y regresan clandestinamente a Chile para unirse a las actividades subversivas en contra del gobierno de Pinochet. La naturaleza de su actividad obliga a estas mujeres a viajar solas, dejando a sus hijos en manos de padres sociales. Así nace el Proyecto Hogares, donde más de sesenta niños, hijos de militantes, viven en comunidad junto a sus padres sociales, primero en Bélgica y luego en Cuba. En este último país, ocupan un edificio en un municipio de la Habana, que con el tiempo será conocido por los vecinos como “El edificio de los chilenos”. La experiencia del desarraigo y el fracaso de este experimento social, tras cuatro años de existencia, sumado al posterior inicio de la transición democrática, supone un proceso de reconfiguración de las identidades familiares y espaciales, que no pueden ser resueltos sino a través de las complejas relaciones entre la memoria y el olvido.
 
 
El desarraigo y la pérdida de identidad constituyen, quizás, el rasgo fundamental de la experiencia histórica de los hijos de exiliados en el extranjero. Por lo general, pocos son los recuerdos de la patria lejana y sólo subsiste en ellos como un ideal construido justamente a partir de las añoranzas idílicas de los padres. En ese contexto de desarraigo espacial, la familia nuclear es la principal fuente de reconocimiento de sí, sumado en menor medida a esa suerte de “familia política” que constituyen los otros exiliados, sus hijos y todos los que ayudan al militante en su infortunio. Otra fuente son las ideas políticas que permean hacia ellos. Pero es la familia, en sus diversas dimensiones, la que constituye el andamiaje fundamental en el que reposa la identidad de todos los hijos de exiliados.
 
Uno de los aportes de la obra de Aguiló, es, precisamente, invitar al observador a reflexionar sobre   la experiencia histórica del desarraigo a partir de conceptos como los de familia, infancia y educación. Sin embargo, lo que hace única la infancia de los niños del Proyecto Hogares, y el rescate de su memoria, es la constatación del fracaso de la familia biológica (por el compromiso político de la madre) y de la familia social (con el fin de la vida comunitaria y la integración de algunos niños a la educación estatal cubana). Los diversos registros discursivos del documental, particularmente las animaciones de Gerardo, unos de los partícipes del Proyecto, enfatizan justamente las consecuencias de este proceso: la fragmentación del único andamiaje identitario en el exilio, la pérdida del sentido de comunidad y esa especie de limbo en el que quedan los niños, solos y flotando en el aire.
 
La autora podría haberse conformado con hablar desde el dolor, en traer al presente las reminiscencias, a veces mágica y a veces traumática, de esos niños y convertirla en crítica descarnada. Enrostrar a esos padres sus convicciones políticas que los sumieron en el abandono. Pero la memoria humaniza y no sólo conmemora. Así, otro de los registros discursivos, la relación epistolar, recuerda que el dolor también forma parte de la experiencia histórica de los padres y que es el perdón el que redime: el que permite a esos niños y a esos padres biológicos sanar heridas. 
 
 
Reconocerse a sí mismo como víctimas puede ayudar en el proceso, pero no basta. A veces juega un papel fundamental también el olvido, esa especie de amnesia voluntaria que oculta lo que incomoda. El silencio evita la ruptura del fino hilo que liga a los que volvieron a Chile en tiempos de la dictadura y los que quedaron en Europa siendo niños. Por eso las palabras de la hermana de la protagonista son elocuentes: “no sé si es gente que afectivamente esté preparada para hablar”.
 
¿Cómo se reconstruyen los lazos familiares cuando las confianzas están lesionadas, cuando el edificio de los afectos parece tener cimientos de arcilla? La memoria humaniza, pero el olvido ayuda seguir adelante. Como todo buen documental, “El edificio de los chilenos” no entrega respuestas unívocas, sino que invita a pensar en las implicancias que los procesos históricos tienen en la configuración de la memoria colectiva y el papel que en él ocupa el olvido. Sólo deja como certeza una sensación amarga al caer el telón. 
 
La compleja obra de Aguiló tiene varias lecturas que no agotan el análisis que acá se propone. Sólo hemos propuesto testificar un hecho que la experiencia de las sociedades y naciones parece enrostrarnos a cada momento: en las guerras fratricidas no hay vencedores, somos todos vencidos. Por parafrasear a un autor, cada uno de nosotros es “víctima de su tiempo”, la idea de sí mismo no puede generarse fuera de la historia, en la utopía que significa vivir lejos del tiempo y del espacio. Así, “El edificio de los chilenos” nos habla de una historia común, que se reactualiza hoy más que nunca. Desde la emotividad, es capaz de reconstruir una historia nacional.