Entre Súperman y Jenna Jameson. El cine porno occidental, efectos en “lo real”

Ficción y realidad. Verosimilitud y verdad
 
Cuando nos sentamos en una sala de cine a ver una película hacemos un pacto ficcional con la historia narrada. Esto significa que aceptamos de manera implícita que lo que vemos es una ficción, un simulacro de la realidad. A partir de allí omitimos cualquier tipo de cuestionamiento, nos entregamos al mundo de realidad ficticia, proseguimos viendo la película sin pensar demasiado si hay más o menos efectos especiales y si lo que vemos allí representado es cierto o no. No pensamos constantemente que Superman vuela gracias a técnicas de montaje, creemos que lo que sucede ante nuestros ojos es posible en ese universo.
 
Para que ese pacto se sostenga a lo largo de la película la narrativa ordena y acomoda sus elementos a favor de generar un sentido de verosimilitud. Aristóteles planteaba en su Poéticaque las fábulas no son estrictamente reales sino verosímiles, creíbles, es decir, probables. Cada género cinematográfico ha ido adaptando sus posibilidades de verosimilitud y lo que es coherente en cada mundo generado. De ese modo, una nave espacial es verosímil en una película de ciencia ficción pero no en un documental sobre derechos humanos.
 
Cuando salimos del cine no se nos ocurre volar como Superman. Nos vamos sabiendo que hemos presenciado una ficción, una construcción simulada de la realidad. Esto no queda tan claro con el cine porno. Ya veremos por qué.
 
¿El porno es ficción?
 
Interior de una mansión hollywoodense. Una chica se realiza un enema, los actores ya están maquillados, la puesta de luces está realizada, el audio y los micrófonos funcionando, todo casi listo para rodar una escena de sexo anal entre una mujer y dos hombres. Evidentemente se trata de una ficción, un simulacro de sexo puesto en marcha.
 
Ahora bien, ¿y el porno amateur?, ¿el video que una fulana hizo con su novio?, quiero decir, el registro vivo del polvo casero, ¿es ficción?, ¿es realidad?
 
El sentido de “lo real” constituye parte fundamental de muchos subgéneros pornográficos, impreso en el uso de cámaras en mano, la baja resolución de imagen, la iluminación insuficiente, los cuerpos “naturales”, el sonido pobre o escaso, las locaciones domésticas o cotidianas (casero, amateur, reality, voyeur, webcam, etc.). Por más que un video sea un registro vivo de un acto sexual, también es una secuencia compuesta de signos gráficos y sonoros, representativos de una realidad. Estos signos se ven por medio de un tipo de lente, un encuadre determinado, un sonido captado de una manera y no de otra. Lo hagamos nosotros mismos con nuestro smartphone, queriendo o no, prepararemos el set para rodar una ficción. Elegiremos el ángulo, el encuadre, la pose y nuestras conductas estarán predispuestas ante la cámara para simular un acto sexual que podría ser cierto, verosímil. Verosimilitud que también estará cargada de sentido si se completa el proceso comunicacional con un espectador. El espectador interpretará el mensaje en función de una sensibilidad preestablecida, basada en experiencias pasadas y símbolos culturalmente compartidos. En definitiva, una película, un video porno, sea amateur o comercial, es una representación ficcional y no un acto sexual en sí mismo.
 
Ahora bien, lo que no parece quedar claro es lo que sucede con la realidad cuando terminamos de ver un vídeo o película porno. Si bien cuando salimos de ver Superman no nos tiramos de un edificio esperando volar por los aires, pues sabemos que moriríamos instantáneamente, sin embargo probamos o esperamos (o reproducimos en nuestro discurso sexual) poder ejecutar mitos pornográficos: eyacular litros de semen, tener megapenes, tetas enormes, coitos que duran horas sin parar, pieles relucientes, mujeres que gimen y gritan como locas, siempre dispuestas a ser recipientes de fluidos, etc.
 
Incidencias del porno en el desarrollo de nuestra vida sexual
 
Los simulacros pornos imprimen en nuestra sensibilidad formas de tener sexo. Establecen tamaños, texturas, volúmenes, colores, sonidos, cronologías, maneras de sentir y de gozar que deben ser de una forma y no de otra. Los mitos pornos pasan a configurar nuestro “deber ser” sexual y su no cumplimiento deriva en estados de tensión y conflictos. Si el tamaño del pene no es “lo suficientemente grande” o la chica no está depilada, o si no tuvo un comportamiento esperado, aparecen la inhibición y la frustración.
 
Ahora, el problema no reside en que la pornografía distorsione la realidad sino en que la usemos como un canal de información legítimo para aprender a tener sexo: ver para saber “lo que ellos quieren”, cómo es que se chupa, cómo se toca, etc.
 
La pornografía, en tanto representación ficcional de la realidad, puede significar sus elementos como se le antoje. Para eso está la ficción. Hombres con penes de 45 cm, mujeres que aguantan 234 penetraciones seguidas, pueden existir y no podemos reclamarles nada, excepto que lo hagan mejor o peor en cuanto a su carácter narrativo, con mayor calidad estética o expresiva. La observación y crítica debe ir dirigida, entre otras cosas, a la educación sexual en general.
 
La historia reciente no ha contado con suficientes canales de información que proporcionen elementos necesarios para aprender a gozar la sexualidad. La educación sexual formal se ha limitado a dar información de carácter científico (biologicista) o preventivo (higienista), instruyendo acerca de cómo usar un condón para no infectar o impedir la reproducción inesperada. El “deber ser” del desempeño sexual se colma con lo que ha infundido durante siglos la ideología católica, reforzado por revistas femeninas con “tips para enamorar a tu chico”, e introduciendo un sentido peyorativo a la “mujer libre”, quien traga o chupa así o asá.
 
Presenciamos una gran crisis de legitimidad en torno a los saberes y verdades sobre el desempeño de la sexualidad. Nos hacen creer que cada opinión vale lo mismo; la de la Iglesia, la de Alexandra, “tu sexóloga”, la de un camionero, la de un doctor, la mía, la tuya. Ante ello lo único que resta es replantear nuestra postura como seres críticos y pensantes.
 
El punto es la libertad sexual: actuar sin responder a protocolos, ni pasos ni órdenes. La pornografía viene siendo una parte de la educación sexual “ambiental”, librada al azar, que carga con el inadecuado peso de mostrar la supuesta realidad del disfrute sexual.
 
Tal vez se podría ensayar la erradicación de los dogmas, poniendo las cosas en su sitio: la ficción con la ficción, la realidad con la realidad. Con ello lograr tener una real educación sexual, un mejor porno, una mejor sexualidad.
 
Andrés Corbo
Ilustración por Felipe Bolivar