Glass: Piezas forzadas en un puzzle

La última creación de M. Night Shyamalan (“El sexto sentido”) llegó a las salas chilenas, insistiendo a toda costa que es el final de un camino trazado hace casi 20 años por el director, acerca de los “súper hombres” o “súper humanos” que habitan en la sociedad. La frágil historia tendrá más sentido para los fanáticos del cine de Shyamalan, pero dejará desconcertados a muchos otros.

Viernes 25 de enero de 2019

 

Todo estuvo calculado fríamente desde Fragmentado (2016). La escena final del thriller que protagonizó James McAvoy impactó a los cientos de espectadores que fueron a ver este “renacer” de M. Night Shyamalan, después de más de 10 años en que sus películas fueron absorvidas como por un agujero de gusano, donde tanto la crítica como el público les dio la espalda.

El cineasta es conocido en Hollywood por rescatar del pasado los giros inesperados en el guion e instaurarlos de lleno en las películas comerciales.

Se trata de aquel punto dramático donde lo inesperado se expone, dándole una lección al espectador de que el largometraje arrojó pistas a cada instante y siempre pretendió seguir la ruta hacia dicho desenlace sorpresivo. Ver a Bruce Willis haciendo un cameo en los últimos minutos, repitiendo su papel en El Protegido, fue suficiente para lanzarlo como carnada al público: a Glass la esperarían millones de personas.

La cinta comienza poco tiempo después de concluidos los hechos de la película anterior. Después de 19 años, reaparece David Dunn (Willis) que continúa haciendo justicia -figurativamente- con sus propias manos y está tras la búsqueda de La Horda (McAvoy), a quien los medios indican como el culpable del secuestro de un grupo de adolescentes. El Centinela se enfrenta a La Bestia, la personalidad más peligrosa de las veinticuatro que posee Kevin Wendell Crumb. Pero en esta batalla, no hay vencedores sino que perdedores. Ambos caen en las garras de la doctora Ellie Staple (Sarah Paulson), psiquiatra de la institución de salud mental Raven Hill Memorial y experta en el tratamiento de pacientes que pretenden tener capacidades extraordinarias o delirios de grandeza. La especialista tiene como objetivo convencer a Dunn y a Crumb que lo que ellos creen como súperfuerza o invulnerabilidad, son solamente productos de su imaginación y las circunstancias en que se han visto envueltos. A su terapia suma a un tercer integrante: el enigmático Elijah Price (Samuel L. Jackson), que antes de llegar a la institución era conocido como Mr. Glass, antiguo enemigo de David Dunn.

Aunque Shyamalan intente convencer a todos que su plan siempre fue elaborar una trilogía a partir de El Protegido, el resultado final de Glass convierte su idea en algo forzado, mal ejecutado, principalmente porque estamos frente a un guion débil y que no sabe aprovechar bien todos los personajes que movió como piezas de ajedrez, para que se involucraran. Los protagonistas vienen de géneros cinematográficos y universos completamente distintos, como para que se establezcan lazos o conexiones creíbles entre ellos y que no quede uno de los tres más marginado que los demás.

Tampoco sirve de justificación el presupuesto de la película, que es muy bajo, comparado con el de otros trabajos del director. Es por eso que casi toda la historia se concentra en una sola locación.

Quien se queda con todos los créditos definitivamente es James McAvoy, como este hombre con trastorno de personalidad múltiple, llegando a incluso sacar carcajadas como sustos, cuando algunas de sus personalidades salen -como él mismo dice- “a la luz”. El ex protagonista de Fragmentado mantiene toda la acción e interés en este filme, que sin su presencia, podría haberse acabado antes de la mitad del metraje, ya que al haber tanto hincapié en el análisis de los tres protagonistas, nada exaltante ocurre hasta pasada la primera hora.

El actor expone todo el histrionismo del que carecen los roles de Jackson y Willis, siendo este último actor quien más sale perjudicado en Glass.

A pesar de que el largometraje inicie con él, la importancia de David Dunn va disminuyendo con el paso de los minutos, en donde M.Night Shyamalan privilegia la alianza entre Elijah y Kevin Crumb. El Centinela se vuelve un personaje de apoyo, cuando se supone que aquí simboliza las consecuencias de la primera parte de la trilogía. Samuel L. Jackson destaca, pero tampoco es una de sus mejores interpretaciones. Su Mr. Glass claramente es un manipulador lobo con piel de oveja, que ahora recurre a su ostoegénisis para engañar a todos en el centro psiquiátrico. La actuación de James McAvoy lo opaca en bastantes momentos, pese a que el famoso actor de Pulp Fiction queda como el artífice de todas las revelaciones que surgen en Glass.

Aquí se traiciona el principio de que es más importante en una película mostrar que contar, debido a que los personajes -especialmente Mr. Glass- están recordando durante la mayoría de la segunda parte, que esta cinta y las anteriores son homenajes a los cómics, a sus súperhéroes y súpervillanos.

Llena de sobre-información al público, como, por ejemplo, de que está frente a arquetipos, cuando no es necesario en ningún momento incluir más de un diálogo que hable sobre esto, porque quien vaya a ver Glass no demorará en comprender la referencia implícita en los protagonistas.

Hay que considerar que aunque el último trabajo de M.Night Shyamalan termina siendo una película para nada memorable, brilla en ciertos aspectos más artísticos, como el buen uso de los colores que en algunas escenas, en conjunto a las vestimentas de los personajes, se complementan con la psicología de los protagonistas, algo que parece haber rescatado de El protegido.

Glass es una película que gustará a dos tipos de público: los seguidores del cine de su creador y a los que devoran toda clase de historias de superhéroes.

Entretiene, pero no a cada minuto, llegando a un punto en que no provoca ni lo uno ni lo otro. Tampoco genera un desenlace satisfactorio y llega a rozar en la clase de cliché menos agradable de encontrar.

Si usted busca un giro en la trama que sea impactante, lo que va a encontrar aquí es uno más predecible y sin el impacto que prometía. Hay trilogías que no funcionan, cuando todas las películas que la componen abarcan sub-géneros diferentes. El haber visto las cintas del 2000 y 2016 puede ser una ventaja para entender el contexto previo de Glass. James McAvoy demuestra una vez más contar con una capacidad actoral impresionante y que si no estuviesen en la historia Bruce Willis y Samuel L. Jackson, Glass podría haber sido una aceptable segunda parte de Fragmentado.