Jorge Luis Borges: su herencia

Cuando hablamos de literatura latinoamericana es imposible pasar por alto a Jorge Luis Borges. Pese a que su carrera literaria comenzó al otro lado del charco….

19 de junio de 2018.

Y teniendo en cuenta su origen en una familia bien compuesta de Inglaterra, Borges colabora de manera excepcional con la historia que vendría después, el cuento latino americano y su estudio. Borges es de una manera sin igual la conexión de las viejas escrituras con el nacimiento de la nueva versión del cuento. Éste cuento que se diferenciaba del europeo, no solo por el tamaño que era mucho menor,  sino también por los personajes de distintos estratos que lo conformaban: encontramos en sus escritos,  pasiones épicas vividas y contadas por gauchos patagónicos y otros personajes criollos de éste lado del mundo.

Con su amplio dominio del latín desde temprana edad, no era sorpresa que Jorge Luis Borges contemplara los movimientos de la época de cerca y con voz propia. Intentando ‘’traer’’ esa magia del latín al lenguaje español o, más bien, traducir derechamente el latín a español.

Ya acostumbrado a los libros, Borges nos deja un gran legado de estudio, el alma del estudiante, hambriento de conocimiento más nunca zaceado. Dejándonos entre-ver en sus escritos parte importante del pasado. Nos muestra hechos de la historia traducidos en pequeños párrafos. Nos muestra la infinidad de la historia dentro de sus poco dibujados limites, nos muestra la sabiduría de los libros perdidos en ‘’Tlön, Uqbar, Orbis Tertius’’ en la mente de un estudioso, quizás él, quizás otro.

Lo vemos -como lectores somos testigos- mirando la historia desde cerca, ese ente de vida mortal, de vida perecible que es el Aleph. Lo vemos soñador y soñado también. Dentro de la gran biblioteca que, si hubiese sido por él, no tendría muros limitantes. Es tanto el saber y es tanto lo que se ha perdido. Leemos a Borges quizá queriendo leer mitos épicos de la antigua Grecia. Nosotros, afortunados lectores, hemos sido testigos de tu herencia palpable. Hemos sido testigos de sus pasiones inagotables. Lo hemos leído en Robert Graves y en Julio Cortázar. Hemos hallado su huella en la arena. Hemos encontrado su literatura porque nadie ha querido esconderla, como pasaba en otros tiempos.

Somos unos afortunados como Borges también lo fue. Amplia fue la biblioteca que lo abasteció de sueños perdidos y otros tantos por descifrar. Amplio el estudio en el que se vio volcado. Porque se vio interpretando historia polvorienta, se vio removiendo frases no pronunciadas por décadas. Se vio lector, pero también se vio escritor, se vio portador de una historia que muchos creían muerta. Todo ese material ha ido a parar a sus lectores. Y de manera sin igual hoy somos nosotros, sus lectores, los que podemos reconocer en su prosa algo de inmortalidad. Podemos sentir, en Borges como en otros escritores, el paso inexorable del tiempo, lo que lo hace completamente humano, y debido a eso su correspondiente muerte hace varios años ya. Lo que no nos ha privado, por cierto, de su gran obra a la que muchos sentimos más viva que nunca. Viva y dispuesta a enseñar.

 Tal como antes lo hizo Luigi Pindarello con el Matías Pascal que dejaba su nombre y su cuerpo atrás con el fin de despistar a sus acreedores; pudimos reconocer en Jorge Luis Borges, ninguna segunda intención más que la maduración de su literatura. Se partía en dos dejando atrás su nombre y su obra, para así mirarse, quizá, como un espectador más. Cuando lo leemos es cuando notamos que él se ha posado sobre nuestros zapatos, sobre nuestras cabezas pensantes. Y es cuando lo agradecemos.

Debemos tener en cuenta a Jorge L. Borges por ser un hombre apasionado por la historia, vividor de ella. Hijo de escritor, tenía clara su procedencia y hacia donde iba; la traducción sería su primer norte. Extraordinario desempeño con textos complejos de importantes escritores como Shakespeare, Faulkner u O. Wilde; con los cuales definía y perfeccionaba su alto conocimiento de variadas lenguas. Es por todos conocido que al final de sus días dominaba perfectamente el español, el inglés, entre otros, sin contar el latín.

Pero, también era un apasionado lector y testigo del nuevo cuento latinoamericano siendo correspondido por la prosa de algunos autores como Leopoldo Lugones u Horacio Quiroga. Personajes ya conocidos por todo Sudamérica y que han sabido llevar al papel lo crudo de ésta zona, de su gente, pero también de su indómita jungla y desiertos.

Vemos a Borges ser parte de éste frenesí, lo leemos colaborar con el cuento latinoamericano, ese que está sacado de la tierra, con textos como ‘’El Muerto (1946)’’ o ‘’La Intrusa (1970)’’. Cuentos que pese a su crudeza nos muestran parte de la historia de quienes antes no tenían cabida en la literatura.

Podemos leer en ‘’El Muerto’’ la pasión de Benjamín Otárola quien, definido por el propio autor, era ‘’un triste compadrito sin más virtud que la infatuación del coraje’’. Auge y caída de quien resultaría un contrabandista, nacido en Buenos Aires, en las fronteras de Brasil. O como en ‘’La Intrusa’’ podemos leer atónitos e impotentes las calamidades que son parte de ésta cultura enajenada. Dos hermanos campesinos enamorados de la misma mujer con la pampa como madre y sin ley fuera de la familia.

 La herencia que nos ha dejado Borges es visible para quien la quiere ver, disfrutar y recomendar. Ha llegado a su prosa no solo buscando información. Nosotros, lectores de Borges, no necesariamente somos lectores de novelas o de grandes historias conocidas. Nosotros, los lectores de Borges, somos más bien estudiantes que en un pequeño recoveco de la gran biblioteca que es el mundo, abrimos un libro sin querer encontrar en él a un maestro. Y como el mismo Jorge Luis Borges escribió, ‘’mañana yo habré muerto y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos’’. Mañana quizá será justo afirmar que fuimos sus alumnos.

 

Thomylee Morrison