Love, Death + Robots: un oasis de horror

Netflix impresiona una vez más con una serie de cortos animados donde el cielo es el límite. Advertencia: no es para niños.

28 de marzo de 2019

El escritor de ciencia ficción Phillip K. Dick mencionaba que el ingrediente esencial del género que cultivó es el disfrute del descubrimiento de cosas nuevas. En el vasto catálogo de obras que existen en la actualidad, lo anterior se podría tomar como una declaración de principios: solo lo nuevo y las perspectivas que se exponen como únicas, tienen la capacidad de seducir.

Tim Miller (Dead Pool) y David Fischer (Seven) asumieron la exigente responsabilidad de cautivar con la serie antológica  de 18 cortometrajes “Love, Death + Robots”. Y lo cumplieron. El resultado es la presentación de una amalgama de tópicos como racismo, guerra, alteridad, libre albedrío y la condición humana en un formato de animación que va desde el 2D tradicional hasta CGI 3D.

Sin embargo, no es la única condición que demuestra versatilidad. Existen cortos que carecen de sustancia narrativa, pero que exageran en estilo y virtuosidad técnica. En otros ocurre lo inverso, el contenido pesa más que cualquier pirotecnia bien ejecutada.

Pero, sin duda es un viaje donde la imaginación del espectador se mueve entre la fiebre, la introspección y la duda; donde se logra, además, tener un papel protagonista en la construcción interpretativa de la historia.

Y si bien la mayoría de los cortos agregan el factor sorpresa, existen aquellos que demuestran una capacidad estilística por encima de la media. Es el caso de “The Witness” dirigido por Alberto Mielgo que se acerca a lo que hemos visto en “Rear Window” de Alfred Hitchcock: una mujer al levantarse, presencia en la ventana de al frente un asesinato y cruza brevemente su mirada con la del asesino. Huye en una persecución en un entorno distópico con elementos de cyberpunk. El giro es un golpe narrativo que incita a la incómoda reflexión acerca de cómo todo puede ser una cuestión de perspectivas.


Luego pasamos por O “Zima Blue”, basada en la historia de Alastair Reynold, que relata la historia de un artista cósmico obsesionado por el universo y unos enigmáticos cuadros pintados de azul zima. En “Sonnie’s Edge’ se presencia un combate, en un coliseo futurista, entre humanos que controlan telepáticamente a salvajes criaturas y en “Secret War” se introduce al espectador en un conflicto entre un batallón de soviéticos con criaturas salidas desde el mismo infierno.

Y el panorama siempre es desolador, mas no deja de haber humor, demostrando que el arte audiovisual tiene una fina capacidad de contener ironía, aún en escenarios donde es difícil imaginarla.

“Alternate Histories” entrega la posibilidad, mediante una aplicación, de presenciar varios futuros alternativos provocados por distintas muertes que sufre Hitler y en “Suits” una comunidad de granjeros gringos se defienden de un ataque alienígena con trajes robóticos caseros.

Y la lista de cortos sigue, por supuesto, alternado contenido con altos grados de violencia y sexo que pueden convertirse en argumento para aquellos que califican las tres horas de duración de la serie como pornográfica. Válido, sí, pero la visceralidad de los contenidos funciona aquí como un sello estilístico y no como una única herramienta para impresionar.

Roberto Bolaño hace una reflexión acerca del poema “El viaje” de Charles Baudelaire, en particular de los siguientes versos: ¡Saber amargo aquel que se obtiene del viaje! / Monótono y pequeño, el mundo, hoy día, ayer, / Mañana, en todo tiempo, nos lanza nuestra imagen: ¡En desiertos de tedio, un oasis de horror!

Para el escritor chileno, el poeta francés es claro en su interpretación del estado actual de las cosas. “No hay diagnóstico más lúcido para expresar la enfermedad del hombre moderno. Para salir del aburrimiento, para escapar del punto muerto, lo único que tenemos a mano, y no tan a mano, también en esto hay que esforzarse, es el horror, es decir el mal” (Literatura + enfermedad = enfermedad).

Como otras obras selectas, Love, Death + Robots se asemeja a un oasis, uno de horror, uno que alivia con oscuridad; donde suele reinar el tedio, el hastío y la apatía.