Reconocer lo ancestral, el Ayni

En un mundo cada vez más materialista e individualista, vemos como prácticas como el trueque y la solidaridad que practicaban nuestros pueblos indígenas van quedando de lado. Precisamente para refrescar esta mirada ancestral abordaremos “Ayni” de Felipe Monsalve (Grijalbo, 2017).

Martes 11 de diciembre de 2018

 

El trueque, la ayuda mutua para lograr la subsistencia, es definitivamente una práctica ancestral que ahora, en un mundo individualista y competitivo, no tiene cabida. No tenemos vuelta atrás, es un comportamiento que en nuestro país nace solo con la desgracia. Acaba de terminar una Teletón, donde esto se expone más allá de la náusea. Yo opino lo que muchos: la farandulización de la discapacidad le da recursos a la institución que ayuda a cientos, pero le quita la dignidad a esas personas. Ese el precio que pagamos por todo lo material que tenemos.

Mientras, nos llegan los últimos rayos de las culturas ancestrales. Queda la esperanza de las nuevas generaciones, jóvenes empoderados que se aferran a sus tradiciones con internet y todo. En todas las naciones existen. Salud por ellos.

Para los que no pertenecemos más que por la mezcla de sangres de distintos lugares, podemos adentrarnos un poco en lo ancestral con Ayni, de Felipe Monsalve (Grijalbo, 2017).

En su primera incursión en el pensamiento contemporáneo chileno (Homeostasis, 2013) había rozado la cosmovisión indígena Mapuche y Aymara sin adentrarse en ellas. En esta oportunidad, contamos con la voz de los protagonistas de la historia; personas que desde su cultura ancestral proyectan los pasos desde el pasado hacia el futuro.

Los apellidos son variados: María Inés Huenuñir, Enrique Icka, Eugenio Challapa, Fernando Alfaro, Alfonso Rapu, Juana Paillalef. Los nombres castellanos nos conversan de la propia mixtura de naciones y experiencias. Ayni en quechua significa cooperación y solidaridad recíproca. Sería ingenuo pensar que en las comunidades no existe el egoísmo, pero sí el imaginario del colectivo es superior al beneficio individual y prevalece. María Inés Huenuñir se lamenta en el texto de la influencia de las iglesias evangélicas en sus comunidades, que han introducido la idea del cielo, el infierno y el pecado, imponiendo el individualismo de la salvación personal por sobre la comunitaria.

La esperanza de supervivencia de esas comunidades no es una luz al final de un túnel. Los viejos aymaras y quechuas comentan como sus hijos y nietos tomaron el gusto al dinero, volcándose a la minería y a la explotación de los recursos del débil ecosistema del desierto. O el joven mapuche que no conoce su propia lengua por la vergüenza de pertenecer que tuvieron sus padres. Aunque, de repente, vislumbramos algunos destellos, como estrellas en el wenumapu.

Enrique Icka -a quien tengo el honor de conocer en persona- vive su vida en torno a la enseñanza de la cultura Rapa Nui con un cierto matiz europeo. Este joven Ingeniero Constructor está casado con la concertista en piano Mahani Teave.

Juntos dirigen la Escuela de Artes y Cultura Rapa Nui y la Fundación Toki, donde se enseñan danzas y rituales propios de Rapa Nui, al mismo tiempo que instrumentos clásicos como violín y piano, a cientos de niños de la isla, con una conciencia de sustentabilidad y comunidad que debiésemos imitar.

Organización y empoderamiento, palabras que nos interpelan a todos (incluídos mestizos) a continuar y respetar el legado de los ancestros. La discusión está más viva que nunca porque es responsabilidad de todos mantener viva la memoria de Camilo Catrillanca y tantos otros, llegar a la justicia, salvar las distancias con respeto y construir juntos la paz. Se lo debemos al pasado y al futuro.