Un lugar en silencio: calla o muere

El silencio como premisa, concepto y elemento nuclear de un film de terror, parece arriesgado. Si consideramos el momento actual del cine, el espectáculo dinamitado en efectos especiales, pareciese no dejar espacio a la ausencia del sonido.

 

07 de junio del 2018

Una primera definición de la RAE nos plantea que el silencio es la “abstención de hablar” y precisamente, abstenerse de hablar, al menos en voz alta, es uno de los principios básicos para sobrevivir en el mundo de “Un lugar en silencio”. John Krasinski, director y protagonista como padre de familia, invita a una experiencia que tensiona los sentidos al máximo y que pretende adentrarse en una pesadilla de principio a fin, sin mayores premisas ni consuelos y desde ya, te recomendamos estar preparado para ello. La pareja de Krasinski en la cinta, Emily Blunt, junto a Millicent Simmonds, Noah Jupe y Cade Woodward como sus hijos, no necesitan mayor compañía que Leon Russom y Doris McCarthy en breves papeles secundarios.

Su primer logro es permitir el viejo anhelo de la mayoría de los espectadores de una sala de cine: un mutismo general (si la miras en tu casa sucederá lo mismo). Se explica este efecto por ser utilizado el silencio con una intención dramática, donde los escasos sonidos que se producen anterior y posteriormente en alguna situación, se revaloricen. Y vaya si lo hace. El compromiso y atención hacia los protagonistas y la historia se hacen inevitables: cada paso es como si tú lo dieras, cada respiro te suena en la nuca, cada error puede ser el último, lo sabes y no quieres ser el culpable de la fatalidad.

Ahora, sabemos que el silencio no es la ausencia de comunicación. Al contrario, el silencio permite lo que se conoce como “pausa reflexiva”, muy extensa y obligada en un mundo donde no puedes hacer ruido, pero que permite igualmente valorar los mensajes. Krasinski logra junto a su acotado elenco, hacerte reflexionar los mensajes que sí abundan en sus 95 minutos de duración: el significado de ser padre, madre, hijo, hermano, y todo lo que implica la responsabilidad, el cariño y el instinto de sobrevivencia en un lugar condenado por criaturas asesinas. A veces en relativa calma, a veces en una persecución, otras en franco peligro de morir, se entremezclan las emociones con la angustia de saberte censurado en tus palabras, prisionero del silencio.

De todas formas, la familia logra sobreponerse y utilizar el lenguaje sonoro en al menos 3 de sus 4 elementos (música, ruidos y silencios, exceptuando la voz humana), manejarse en el lenguaje de señas y con ingenio, lograr sobrevivir. Porque las protagonistas no son las palabras, como tampoco son los monstruos, ni cómo matarlos, ni cuántos muertos, ni si mañana sobrevivirás: son las conexiones humanas, familiares, amorosas y sociales. Y esa humanidad se extrapola a continuar la vida, a seguir intentándolo, a pesar de estar todo en contra, porque la vida sigue y los monstruos están allí, acechando, esperando cualquier error para cazarte. Algún parecido con la realidad, quizás no sea mera coincidencia.

La cinta sabe tanto empezar como terminar. No se hacen necesarias las explicaciones del origen de las criaturas, ni tampoco las de un fin en concreto. Las correctas actuaciones, la desenvoltura de la trama, la simpleza y credibilidad del relato, permiten digerir una ambientación austera, pero llena de significado. Uno de sus méritos, es el riesgo, la originalidad y el progreso que supone para el género del terror, alicaído a ratos, pero que encuentra en films con guiones originales y osados como éste, un respiro necesario. Hay momentos clave que carecen de explicación o al menos, se desentonan con la buena explicación de los hechos que hasta casi el final del film se mostraban perfectos.

Será la primera vez donde quizás, en una película de terror, no quieras seguir viendo a los monstruos, ni te interese una explicación de su origen. Más interesantes se vuelven las vidas de los protagonistas, de las que poco puedes ver o intuir, pero de las que terminarás con ganas de saber más. No obstante, no inclinan la balanza en su contra algunas incongruencias o esas ausencias (pero aciertos al fin y al cabo) en el guión, dejando en definitiva un gusto dulce. Y siguiendo la esencia de la película, habrá que decir que simplemente, a veces, sobran las palabras y… enjoy the silence and enjoy the film.

 

Simón Silva Cortés