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El pasado 25 de agosto del 2012, con 82 años de edad, se despidió al fallecido comandante de la Misión del Apolo 11, Neil A. Armstrong. Su muerte, nos hace recordar un pasaje muy interesante de la historia del siglo XX, en la que él, junto con su tripulación Edwin E. Aldrin y Michael Collins fueron partícipe.
 

Figura N 1. A su izquierda Neil A. Armstrong junto a Michael Collins y Edwin E. Aldrin jr.

Desde que finalizó la Segunda Guerra Mundial, dos naciones dominaron por completo el escenario internacional de la segunda mitad del siglo XX. Por un lado, la URSS  ejercía una influencia preponderante en una parte del globo, la zona ocupada por el ejército rojo y otras fuerzas armadas comunistas al final de la guerra, y por el otro, los Estados Unidos controlaban y dominaban el resto del mundo capitalista, además del hemisferio occidental y los océanos, asumiendo los restos de la vieja hegemonía imperial de las antiguas potencias coloniales. Tras lo anterior, siguió un periodo de relativa paz, en donde aquellas dos naciones experimentaron un extraordinario crecimiento social, económico y científico, llegando a armarse con potentes armas de destrucción masiva y nuevos sistemas tecnológicos. De una y otra manera casi se libró un gran conflicto militar, aunque fácticamente sólo se dieron origen a pequeñas disputas locales. No obstante, dicha situación produjo temor en nuestros abuelos y padres, lo cuales crecieron con la amenaza de un conflicto nuclear global que tal como creían muchos, podía estallar en cualquier momento y arrasar a la humanidad. Aquel periodo fue denominado como Guerra Fría.
 
 
Figura N 2. Diario español “El Alcazar” logra captar vívidamente la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
Aquello  adquirió una acepción más analítica, no para definir una particular fase de la rivalidad Este-Oeste, sino para analizar la rivalidad entre el capitalismo y el comunismo. A mí modo de ver, la rivalidad influenció a que se formara nuestra actualidad. Por ejemplo, en EE.UU, por medio de la National Security, un acta firmada por el presidente de Estados Unidos Harry S. Truman en 1947,  se realineó y reorganizaron las fuerzas armadas estadounidenses, la política exterior y el aparato de inteligencia comunitario, y por medio de ésta se creó el sistema de autopistas interestatales con el fin de facilitar el traslado de tropas y agilizar la evacuación de los ciudadanos en caso de un ataque nuclear.  A su vez,  EE.UU   a fines de los cincuenta, intensificó cupos educativos en áreas científicas, obedeciendo a la necesidad de hacer frente a la amenaza armamentista y tecnológica soviética.  
De todas formas, por aquel entonces, aumentó exponencialmente el complejo militar-industrial, es decir, la masa creciente de hombres y recursos dedicados a la preparación de la guerra. Los intereses creados de estos grupos eran los mayores que jamás hubiesen existido en tiempos de paz entre las potencias. Como era de esperar, ambos complejos contaron con el apoyo de sus respectivos gobiernos para usar su superávit para atraer  aliados y satélites, al tiempo que se guardaban  las armas más modernas, así como, desde luego, las armas atómicas.
 
 A pesar de esto, lo que realmente motivó la competencia científica-espacial, fue cuando en 1957 la URSS situó en órbita al primer satélite artificial, el Sputnik. Este hecho, originó miedo, terror y preocupación en los círculos económicos y políticos norteamericanos, por lo que llevó al reconocido y mitificado presidente John F. Kennedy,  a que hiciese público que “esta nación debe comprometerse a alcanzar la meta, antes de que termine la década, de aterrizar un hombre en la Luna y traerle con seguridad de vuelta a la Tierra”. Sin embargo, Kennedy no pudo ser testigo del resultado final, ya que fue asesinado seis años antes de que se produjera aquel acontecimiento.     
Figura N 3. En septiembre de 1969, en la Universidad de Rice en Houston Texas,  el presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy, anuncia la carrera espacial.