Desde la fundación de Santiago en 1541, el río Mapocho y el cerro Santa Lucía han sido los ejes del desarrollo de la ciudad, dominando el paisaje citadino como mudos testigos de los procesos de modernización y expansión ocurridos en la capital. Sin embargo, históricamente el reconocimiento que de cada uno se hace como elemento constitutivo del paisaje ha sido dispar.
 
El cerro se encumbra sobre la ciudad, destaca su imponencia de isla en el valle de Santiago. Por ello, a poco andar de la vida republicana, el seco peñón rocoso fue convertido en paseo peatonal y turístico por el entonces intendente Benjamín Vicuña Mackenna, en 1872. Desde entonces, ha sido integrado a la ciudad y sus habitantes reconocen la fuerte ascendencia del cerro en su identificación con ella: lo colonizan, lo fotografían y llenan postales que viajan por el mundo como el rostro más característico de la capital.
 
Por su parte, el río Mapocho, con su hilillo de agua turbia durante buena parte del año, no goza de la misma suerte y ha sido escasamente integrado, pese a que en el plano urbano este afluente del río Maipo atraviesa en la actualidad 11 comunas por ambas riberas. Más aún, desde tiempos coloniales, ha sido considerado como enemigo natural de la ciudad. Sus crecidas anuales en los meses de invierno lo convertían en una fuerza indómita que destruía la infraestructura productiva y ponía en riesgo la vida y propiedad de sus habitantes. De ahí que el cabildo de Santiago, con ayuda financiera de sus vecinos, construyera y reconstruyera tajamares para contener al río, hasta que la canalización del Mapocho dio un respiro a la ciudad, recién en 1880.
 
El sentido que ha tenido el gasto público en ambos casos es decidor sobre la valoración social de los principales hitos geográficos de la capital: mientras a uno se le embellece y se le integra, al otro se le contiene y enmudece, incluso en sus meses más activos. Por ello, históricamente la ciudad “opulenta y cristiana” ha mirado hacia la Alameda de las Delicias y el Cerro Santa Lucía, dando la espalda al río. Según el historiador Armando de Ramón, desde la segunda mitad del siglo XVIII, y en las riberas norte y sur del Mapocho, se masificaron los rancheríos o “guangualíes”, formando grandes arrabales donde habitaba la población más pobre de la ciudad. Frente a estos arrabales, el diagnóstico de Vicuña Mackenna era duro y lapidario, tildándolos de “aduar africano”, “tolderías salvajes” y de “pocilgas inmundas” que constituían “una inmensa cloaca de infección y de vicio, de crimen y de peste, un verdadero potrero de la muerte”. 
 
No sólo las palabras han herido el orgullo del río y sus habitantes ribereños. Además de ser foco de pobreza, delincuencia y degradación moral, el Mapocho ha sido el vertedero y cloaca pública de la ciudad hasta años recientes. Ya en tiempos coloniales, junto a la ribera sur, entre las actuales calles Cueto y Manuel Rodríguez, se creó un gran vertedero público donde los carretilleros depositaban los deshechos de la ciudad y donde las familias más pobres encontraban pequeños tesoros que contribuían a su supervivencia. La tradición preservó la zona como basural hasta que la creación del Parque de los Reyes en la década de 1990 lo eliminó del todo. Asimismo, las aguas servidas han sido históricamente arrojadas al Mapocho desde afluentes como el Zanjón de la Aguada, contaminándolo  y haciendo maloliente su trayecto urbano. De ahí entonces la clásica asociación del color barroso de las aguas con las “inmundicias” humanas y no, como es correcto, con la naturaleza sedimental del piso del cauce. Sólo en marzo de 2010, el proyecto “Mapocho Urbano Limpio” de Aguas Andinas permitió redireccionar estas aguas hacia colectores que, de forma subterránea y paralela al río, las conducen hacia plantas de tratamiento para ser devueltas nuevamente limpias al curso fluvial.

¿Y qué ocurre más allá de las riberas, en el lecho mismo del Mapocho? El cauce ha sido también lugar de habitación marginal. Ya a comienzos del siglo XX, estaba poblado por vagabundos y decenas de “pelusas”: niños de la calle que abandonados por sus padres o huyendo de sus casas, bajaban al río en busca de mayor libertad. Allí vivían también avezados delincuentes que hacían de estos niños profesionales del delito, instruyéndolos en las leyes del hampa y en la mentalidad contracultural de la época. Vivían del robo y de las limosnas que gastaban en comida, bebidas y otros placeres. De esa época nos queda el testimonio de Alfredo Gómez Morel, ex pelusa y delincuente habitual de Santiago que, cumpliendo una condena en la cárcel de Valparaíso, escribió un libro, el primero de la trilogía de su vida, titulado “El Río”. En él relata la particular sociabilidad que se daba allí, hacia la década de 1930, en las islas naturales dejadas por el Mapocho. Especialmente interesante es constatar que la ausencia de políticas públicas orientadas al rescate urbanístico del río y de la asistencia social de sus habitantes ha causado una sensación de desplazamiento tal, que ha forzado a sus habitantes a desarrollar fuertes lazos de  solidaridad, sustentada en la defensa autogestionada. En oposición a ella, la relación con la ciudad “opulenta y cristiana” no oculta el odio y el conflicto.  
 
Supe que la ciudad empezaba en el puente y que la vida auténtica tenía principio en el río. Del puente hacia arriba, empezaba nuestra lucha, y era sin cuartel. Del puente hacia abajo, empezaba nuestra libertad, y era sin medida”.

No hay que pensar mucho para demostrar que entre 1930 y el 2014, ha pasado “mucha agua bajo el puente”. Sin embargo, hasta años recientes, el problema de los niños del Mapocho no estuvo superado del todo. Basta recordar la caleta Chuck Norris y otras tantas bajo los puentes Pío Nono, Loreto, Recoleta, La Paz, Padre Hurtado, Manuel Rodríguez y General Bulnes. En la década de 1990, la televisión hizo visible este problema, constatando que en comparación a la época de Gómez Morel, seguían allí los niños delincuentes sin hogar ni oportunidades y sólo habían cambiado el alcohol por solventes y pasta base. Más aún, enrostró a la ciudad pujante y orgullosa de esa década que pese al crecimiento económico y urbano, todavía estaba en deuda con el río y sus habitantes. 
 
Quizá recién entonces se tomó en serio la labor de integrar el Mapocho a la ciudad. Sin embargo, en doscientos años de vida republicana, e incluso antes, este río, columna vertebral de la capital de Chile, ha sido considerado como una especie de “patio trasero” de la Alameda: carga hasta el presente el estigma de marginalidad, delincuencia, pobreza, suciedad y malos olores.
 
En los intentos por pensar una ciudad que integre al río, destaca especialmente el Premio Nacional de Arquitectura (1989) Mario Pérez de Arce (1917-2010), quien desde la década de 1970 se abocó a la labor de pensar un Mapocho urbanizado, promoviendo la integración de los parques ribereños. Su trabajo quedó plasmado en varias publicaciones, pero sólo tras su muerte su proyecto comenzó a hacerse realidad. Actores públicos y privados han contribuido en la última década a saldar la deuda con el Mapocho. El proyecto que inaugura esta nueva etapa fue sin dudas el “Mapocho Urbano Limpio”, pues permitió dar otros usos para el río que no fuera el de cloaca pública. Más recientemente, proyectos como el de “Mapocho pedaleable”, “Mapocho 42k”, “La Carmela”, “Mapocho Río Arriba” e incluso la creación del “Parque Fluvial Renato Poblete”, en el que se plasma la idea de “Mapocho Navegable”, están contribuyendo a hacer del río un punto de reunión, de modo que sus habitantes se apropien del espacio y lo incorporen como parte de su identidad citadina.
 
El caso del río Besós, en Barcelona, es paradigmático. Fue un río excluido como el Mapocho, pero desde la década de 1990 se limpiaron sus aguas, se creó un parque fluvial y se remodeló arquitectónicamente el entorno para que la ciudad mirara al río. Éste debe ser el modelo a seguir en Chile, pero creemos necesario destacar algunos elementos que no pueden dejarse de lado a la hora de integrar al Mapocho en la ciudad. Primero, se requiere inversión pública tendiente a mejorar los servicios que ofrece el río y sus riberas en las once comunas que abarca: desde Lo Barnechea a Pudahuel. Segundo, se necesita una política de fomento a las actividades culturales y deportivas no sólo en la ribera, sino incluso en el cauce, en la que participen tanto instituciones públicas como privadas. Tercero, se requiere que dicha política de fomento tome en consideración las diferentes realidades socioeconómicas y socioculturales de los habitantes de la ciudad, de modo que no sólo haya una integración de las riberas (dirección norte-sur), sino también longitudinalmente, de oriente a poniente.
 
¿Por qué hemos demorado tanto en integrar el Mapocho a la ciudad? Para este caso, la metáfora funciona muy bien: mirar hacia arriba implica elevar el rostro al cielo, es símbolo de orgullo; mirar hacia abajo implica esconderlo, como símbolo de vergüenza. El conflicto está dado entonces por el valor que le damos a cada uno de nuestros hitos geográficos: los que debemos mostrar con vanidad y lo que debemos ocultar por cobardía. Es momento de mirar el río desde dentro.