Quedan menos de 2 meses para iniciar un proceso histórico en el país, y como ciudadanos movilizados y activos, planteamos en las calles que la dignidad debe ser el eje principal para construir una nueva sociedad. 

REUTERS / Pablo Sanhueza

Así llegamos al inicio de la campaña para aprobar una nueva carta fundamental, o rechazar la posibilidad de un cambio a la Constitución que nos dejó la reciente dictadura chilena.

Quienes crecimos en los 90’  fuimos testigos de una carrera para convertir al país en una potencia económica, que de paso justificara las atrocidades que se cometieron en dictadura, usando La Constitución impuesta para crear fortunas que relacionaron directamente las empresas con la política, desde ahí se vició todo. Para que se sostuviera, había que crear una sociedad conformista, que viera la riqueza material como símbolo de felicidad para validar la privatización y el incremento de capitales americanos.

Para ello los establecimientos educacionales se convirtieron en aulas competitivas, valorando el conocimiento individual por sobre el colectivo, midiendo por igual a niñes y jóvenes sin profundizar en las diferentes realidades en las que viven, omitieron la educación sexual, la filosofía, la educación cívica en la educación pública, siempre nos hablaron de nuestros pueblos originarios en tiempo pasado como si hoy no existieran, y para quienes podían pagar estaban los colegios católicos, donde la culpa y el castigo era imperante bajo el alero de una iglesia poderosa y patriarcal. El adoctrinamiento fue tan grande que incluso las generaciones de los 90’ no vimos la dictadura del país en nuestras clases de historia, y lo peor, dejaron las aulas vacías de arte, sin reflexión ni valoración por nuestra cultura. La educación así se concebía como un bien de consumo, donde la discusión se la llevaba la elección y no la calidad de las escuelas, pero poder elegir siempre estará restringido a tu economía individual.

  Peanno/ Flickr.com “Sanhattan”

Así crecimos con un Chile que se mostraba al mundo como “el milagro”, con una macroeconomía que vociferaba sus buenos resultados, el jaguar de Latinoamérica, la Suiza de la región, todo este “desarrollo” se debía agradecer, era muy frecuente escuchar de extranjeros que la buena economía chilena fue gracias a Pinochet, y el trabajo con las policías no fue menor, ante la opinión pública los Carabineros de Chile representaban desconfianza y temor para toda una generación, pero tal fue el lavado de imagen que cada 27 de Abril celebramos su día como efemérides obligatoria, alardeando con el mundo lo competente y poco corruptos que eran. Ya sabemos en qué terminó eso.

El sueño americano se estaba logrando a los pies del continente, gobierno tras gobierno fue perfeccionando esa carrera hasta que de verdad nos creímos mejores que todos en la región, recuerdo que se miraba en menos al peruano por venir a trabajar en nuestro país, y se odiaba al argentino para incentivar ese chauvinismo hipócrita.

Era común preguntar apellidos, comunas o en qué establecimiento estudiaste, lo importante era saber de dónde venías, para saber cómo tratarte. Estábamos tan acostumbrados a aceptar el mal menor, que cuando se aprobó el CAE (crédito con aval del estado) se celebró como un gran triunfo, no importaba que hipotecáramos nuestro futuro, podríamos pagar por estudiar aunque sea pagando 5 veces más que cualquiera en la región, por que la Constitución no otorga derecho a la educación, pero sí a elegirla.

Sebastián Araya /Epicentrochile

Debíamos sentirnos afortunados al tener tanta variedad, tanta inversión extranjera y un boom de consumo en cuotas que no advirtió la profunda grieta que ese modelo exitista creó. Una desigualdad que iba más allá de lo meramente económico, se crearon ciudadanos de primera y de segunda categoría que aplicaba en todo ámbito.

Desde la salud, la educación, la vivienda y la cultura; se segregó a la población de tal manera que se evitaba su mezcla, y para que hablar de la TV que -acorralada en los estándares del mercado- era más  importante la polémica que podría provocar Jorge Gonzalez al botar los micrófonos que entender la profundidad de su discurso.

Salimos a las calles porque el oasis del que nos hablaron jamás lo vimos de cerca, sobramos en esa ecuación. Así ese oasis del que tanto nos acostumbramos a presumir, se convirtió en un espejismo en medio del desierto. Ahora que nos dimos cuenta que sólo nos ilusionó y que jamás sería real, nos sentimos libres, lo valoramos y nos cambió para siempre. Seremos el país que alguna vez se soñó y del que al fin despertamos.