Esta película británica del director Ken Loach, es el ejemplo perfecto de que a veces basta con sólo tener una buena historia y solidas interpretaciones para hacer un gran filme. Acá no esperes efectos especiales, ni grandes parafernalias. Espera honestidad, una cruda realidad y una compleja simpleza que sí o sí, te conmoverán.

Miércoles 20 de junio de 2018

I, Daniel Blake ganadora de la Palma de Oro, en el Festival de Cannes del 2016 y del premio BAFTA como mejor película británica en la edición del año 2017, es sencillamente una maravilla de cinta que te deja con una fractura interna, los ojos rebalsados por lágrimas de impotencia y esa tan necesaria sensación de querer cambiar ciertas cosas que no hacen más que teñir de un horrible tono de injusticia este mundo.

Este drama gira en torno a Daniel Blake, interpretado a la perfección por Dave Johns, un viudo y solitario hombre de 59 años que por problemas en la salud de su corazón los médicos le prohíben que siga ejerciendo su trabajo como carpintero, lo que lo obliga a recurrir a las ayudas que ofrece el gobierno para optar a una pensión, donde entra en un denso laberinto de burocracia del cual no logra sacar nada en limpio, ni conseguir ayuda alguna. En uno de sus innumerables intentos frustrados para conseguir una pensión en la oficina de desempleo, conoce a quien se transformará en su gran amiga y más importante aliada en el filme: Katie, encarnada por una impecable Hayley Squires, que es una madre soltera de dos hijos, nueva en la ciudad y que lucha constantemente con uñas y dientes para sacar adelante a sus críos a pesar de su condición de extrema pobreza y al igual que Blake, combatir contra las absurdas trabas de un sistema que le resiste la ayuda que necesita.

La película está narrada con una familiaridad y cotidianidad que consigue que los personajes se vuelvan muy cercanos y que todo sea perfectamente verosímil, Loach tiene un cometido con esta historia y lo logra. Mostrar una realidad tal cual es, sin florituras, ni metáforas. El plato lo entrega crudo y sangrante. La digestión se hace dolorosa. Pero el plato hay que comerlo.

Daniel con Katie y sus hijos, crean una relación muy especial y cercana, donde ambos se deben apoyar en este engorroso proceso de brutales injusticias y enormes carencias económicas que están atravesando, contra un antagonista demasiado grande como lo es el sistema, en donde las fuerzas de los personajes flaquean y la desesperación los invade a tal punto de que ambos llegan a tomar decisiones límites para poder seguir adelante. Una de estas decisiones, específicamente la de Daniel Blake nos regala una de las mejores escenas de la película, en donde vemos a nuestro protagonista vestir su alma de joven revolucionario y pintar las murallas de las oficinas de desempleo con un aerosol.

A ratos la historia de puede tornar algo predecible, pero su fin no es sorprender con giros inesperados, el filme es consecuente y brutalmente honesto con lo que cuenta y lo que cuenta es una realidad y punto.

Yo soy de los que no llora con nada, incluso me mantuve estoico y de ojos secos luego de ver la tan llorosa Coco situación que no se repitió con I, Daniel Blake una lágrima fue liberada por cada globo ocular. El final es lo más crudo que he visto en tiempo… duele… duele que sea tan cierto… duele vivir en un mundo así y no saber qué hacer para revertirlo. Duele saber que mucha de la gente que goza de una posición la cual les permite ayudar a muchas personas que lo necesitan, creen enrevesados sistemas para no hacerlo.

En fin. Vean I, Daniel Blake acompañados de pañuelitos desechables, la película de verdad es necesaria (y si tienes alma, los pañuelos también lo serán).