callecondell
¿Cómo es caminar en el Valparaíso de la Belle Époque? ¿cuáles eran los ritos, las tiendas y la vida cotidiana de una calle del principal puerto del Pacífico? Bueno, el objetivo de este artículo es reconstruir, o más bien, intentar  caminar por las veredas de la Calle Condell en 1890, observando y deteniéndonos en las tiendas,  los puestos, el vestuario y el aroma del Puerto Principal.
 
La Calle Condell, antes llamada San Juan de Dios, estaba ubicada en el sector del Almendral que a fines del XIX estaba en pleno proceso de desarrollo. En este periodo, se estaban loteando las grandes casas patronales, que se transformaban en medianas casonas de burgueses con jardines diseñados en estilo europeo; además de grandes palacios de dos o tres pisos de altura que construían los más adinerados. Este trazado prácticamente bordeaba el mar; de manera que  cuando arreciaba un temporal, toda la calle formaba parte de la orilla que era azotada por las olas  que rompían furiosas a pasos de las casas. 
 
Desde la Guerra del Pacífico, se marcó un antes y un después en la historia de la calle. La antigua vía San Juan de Dios, pasó a llamarse Condell. Al parecer y como si el mismo destino forzaran a la calle, con el cambio de nombre se rompían las cadenas coloniales; pues que el antiguo y polvoriento sector del Almendral,  adquiría el más puro estilo de la Belle Epoque, la plaza se decora, se traen árboles exóticos y luego embellecida por la aparición del Teatro de la Plaza Victoria, que le otorga una intensa vida cultural. Hacia 1856 se inaugura, con fuegos artificiales y una gran fiesta, el alumbrado en plena Plaza de la Victoria, convirtiendo a Valparaíso en la primera urbe de América en contar con esta energía.
 
 
 
Mientras se difundía la cultura, el comercio seguía intensificándose, pues la vía era colmada por carretas y caballos que trasladaban todo tipo de mercaderías provenientes de las bodegas privadas y fiscales rumbo a la Estación de Ferrocarriles; mientras en sus veredas transitaban comerciantes, banqueros, obreros y hasta burreros; todo este movimiento decrecía al ponerse el sol, momento que el grupo de damas y de caballeros daban su paseo en agradables conversaciones, aprovechando de observar el atardecer junto al mar o bien, de entrar a las lujosas tiendas con alumbrado eléctrico. 
 
Si tuviésemos  la oportunidad de caminar por aquel trazado, destacaríamos con particular interés la marcada heterogeneidad de tiendas que coexistían dentro de un mismo tramo: finas tiendas de elites, palacios residenciales,  pequeños negocios, talleres y hasta industrias. Según un artículo de Cristóbal Guerra, la Calle San Juan de Dios contaba con 95 establecimientos, donde predominaban en partes casi iguales: el comercio minorista con un 44% y el rubro de talleres industriales con un 45% del total. Dentro del comercio minorista se destacan alrededor de 30 tiendas surtidas y 7 de comercio al detalle. Mientras que las industrias eran todavía más heterogéneas, pues había un predominio del rubro metalúrgico y textil, también se contaban tiendas de servicios y, finalmente  2 oficinas. 
 
Dependiendo de los tramos, podía verse una mayor actividad residencial, comercial e industrial, aunque manteniendo como norma la coexistencia por sobre la diferenciación segregada que uno podría imaginar. En el comercio minorista uno puede identificar las tiendas de lujo, algunas botillerías y también varias tabaquerías. A finales de siglo, se abrieron joyerías de todo tipo, siendo el elixir de las mujeres de la alta sociedad. Así también, nacían los cafés, como el “Madame Charles” administrado por cocineros franceses y también llegaban dulcerías como “la Parisien” y “La Dulcería de Lagrave  y Trenit”, ésta última se ubicaba en la esquina de la calle Condell con Molina, ocupando el primer piso del edificio del Club Liberal.  También, existió un importante flujo de costureras francesas que llegaron a instalarse al puerto, abriendo  tiendas de sastrerías, corseterías femeninas como la “Madame Camille Arbonier”, que eran necesarias para atender la demanda de la rica sociedad burguesa y de algunos sectores medio que requerían de este fino trabajo especializado. Mientras que para los señores, existía la famosa sastrería Cobos. Según un viajero que recorrió dichas veredas:
 
 A fines de siglo (la calle)  contaba con nuevos edificios y espectaculares tiendas iluminadas de giorno, ostentando en sus escaparates todo lo que Adán y Eva hubiesen necesitado para presentarse sin rubor en pleno siglo XIX, y todas las endiabladas tentaciones de que necesita la universal tiranía de la época para alimentar al monstruo moderno que se llama lujo 
 
Avanzando por su vereda, también podíamos encontrar tiendas de música donde se vendían pianos como la “Casa Backer y Doggenweiller”  y también el almacén de Julio Philip en que se podían encontrar las partituras de óperas completas para piano y canto, polkas, cuadrillas, valses y redowas para dos y cuatro manos. 
 
Los establecimientos mencionados, coexistían con algunas tiendas de pieles, siendo el caso de  la “Gran Peletería Garcho” de Smirnoff & Cia y hasta encontramos negocios chinos como la famosa “Tienda Oriental” de Weng Og Chon abierta en 1889. Sin embargo, el  establecimiento más pintorescos de la calle, era el “Salón Óptico”. Se trataba de un recinto amplio, iluminado con electricidad,  donde los visitantes podían pasear con comodidad y observar magníficas puestas en escenas que iban desde: las capitales europeas, El descubrimiento de América o los amores de Luis XVI.
 
El desarrollo de esta calle estaba en consonancia con su entorno, pues hacia esa fecha el barrio el Almendral era considerado el barrio más “fashionable” de Valparaíso con la Plaza y el Teatro Victoria y sus imponentes edificios, a ello se suma la llegada del tranvía al barrio. Mientras que el día domingo en la mañana, la calle adquiría un tono sumamente plácido y ameno que frenaba la potente actividad comercial de la semana. Entonces reinaba el silencio y cobraba protagonismo la Union Church, gran referente para los protestantes ingleses, quienes mostraban la impronta de seriedad y elegancia, reflejada en sus trajes. Con la llegada del mediodía, se presentaba algo de actividad cultural entre la Calle Condell e Independencia; aunque a diferencia de los cerros populares, aquí se bailaba la cuadrilla y el piano  palpitaba con las sinfonías de Tannhauser, el sombrero de copa y la conversación amena. 
 
 
 
En síntesis,  la Calle Condell y la Plaza Victoria, eran considerados un punto de encuentro crucial para la vida porteña, de índole comercial en las mañanas, religioso en las tardes dominicales y bohemio en las noches porteñas, gracias al alumbrado público, las presentaciones teatrales y pequeñas interpretaciones musicales.
 
Si bien es cierto que en los días tradicionales la urbe tenía una gran actividad mercantil, a medio día el trajín comienza a decaer, apareciendo grupos de amigos y parejas que paseaban al borde del mar, atravesando palacios, tiendas, pequeñas industrias y tiendas de lujo: caminata que además era amenizada con el fresco aroma que había en el tramo de la numeración 36 al 43. En dicha cuadra de los jardines, se instalaron las tiendas de flores y plantas del francés M. Arnol y la “fábrica de flores”, la cual surtía de flores finas, canastos, coronas florales y árboles.  Con la instalación de esos jardineros y otros en diversos lugares del puerto, se consolidó la cultura romántica europea trasladada a América, estilo de gran influencia desde los años cuarenta en el puerto, donde las flores y sus aromas se expandieron por jardines y plazas embelleciendo los espacios públicos y privados. Las flores, símbolos tradicionales de los ideales de belleza, felicidad y amor, eran símbolos y parte esencial del espíritu romántico de gran moda, especialmente entre las damas, pues la naturaleza cultivada se convierte en el escenario preferido para la vida social.
 
Durante las últimas décadas del siglo XIX, las calles Esmeralda y Condell exhibían el refinamiento y el buen gusto urbanístico, sus veredas simbolizaban el progreso que iba adquiriendo la ciudad y, en particular, el barrio. Así, el Almendral se instalaba como uno de los polos de desarrollo para actividades comerciales minoristas e industriales de Valparaíso; siendo, a diferencia de un Cerro Alegre tan extranjero, un barrio de elite casi exclusivamente chilena, como extensión de su tradición criolla colonial. En este sentido, la calle presentaba ciertas ventajas comparativas que permitían la atracción de finas tiendas y de lujosas mansiones, pues tenía alcantarillado, agua potable, alumbrado a gas, teléfono; mientras que estaba ubicada cerca del puerto y a pocos minutos del plan de Valparaíso. Además, y por si fuera poco, contaba con un cuerpo médico importante, en 1895 había un total de 44 médicos para todo Valparaíso. De ellos, residían 22 en el Almedral y unos 9 habitaban en la Calle Condell. Recordemos que por esos años, por los riesgos de infecciones, la elite no se atendía en los hospitales, por lo que era importante contar con doctores que vivieran cerca y pudiesen acudir a las residencias en caso de emergencia.
 
Así, hablamos de una vía curiosa, donde predominaban las casas de un piso, algunas tiendas lujosas que convivían por aquí y por allá con tiendas modestas, pequeños talleres y manchones de conventillos; todo los cuáles coexistieron con lujosas tiendas, hermosas mansiones y edificios imponentes. Desde luego, la plaza de la Victoria era el centro del barrio y el punto cúlmine de la calle, donde se instalaban los edificios de mayor significación, como el palacio de Agustin Edwards y  Juana Ross, La  Iglesia del Espíritu Santo, El Teatro Victoria y el edificio de la Logia Masónica.
 
 
 
Las tiendas de lujos, los pequeños talleres, los palacios, los conventillos, los cafés europeos y las botellerías populares; todos ellos son rastros de una sociedad  altamente desigual con una elite opulenta y un pueblo empobrecido; pero también y, aunque a los ojos de hoy duela admitirlo, nos evidencia a una sociedad en que podían convivir burgueses, obreros, vendedores y vagabundos por las mismas veredas; muy lejos del espíritu de aislamiento y de guettos que evidencia nuestra sociedad actual.