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Este martes fui testigo y parte de la experiencia HAPTO, la verdad me considero un privilegiado. Viajé por paisajes distintos, caminé por lugares que nunca había imaginado, sentí ruidos que por la rutina había dejado de escuchar.

Desde aquel momento en que me vendaron los ojos y me entregué a personas no videntes o de baja visión, descubrí por su pasión pinturas que de verlas no las veía. Sentí las olas del mar, tomé la arena en mis manos, acaricié plantas, me asusté con un puma y luego escuché el viento: hasta que de pronto, apareció el famoso desarrollo, con esos sonidos metálicos, que decantan del trabajo sobre el acero y cemento, materiales que cada día emplean nuestros obreros, hombres curtidos por el sudor, el polvo y la fuerza.

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Posteriormente, me tocó caminar sin ver, sólo sosteniendo un bastón de no vidente, para dar pasos guiados por mi instinto sin saber cómo, pero conociendo la ruta. Así, avancé sólo confiando en mis pies, mis manos y aquel compañero llamado bastón, que te cuida y protege.

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Finalmente, nos desvelaron y la luz volvió a envolver mis ojos para despertar nuevamente. Ahí los tutores nos enseñaron a guiar a personas no videntes, pero más importante, nos transmitieron sus sensaciones y experiencias. Que grandes son aquellos héroes anónimos privados de la visión pero con una mirada que sobrecoge y también qué importante son aquellas personas que los ayudan, que solidarizan con ellos, porque contribuyen a hacer un mundo más humano, más inclusivo y mejor.