Miércoles,14 de Junio de 2017

El otro día estaba escuchando música clásica, que por lo demás no mucha gente sabe que me gusta, porque no me gusta decir que la escucho. Cada vez que lo hago la gente comienza a decirme inmediatamente lo fome que es, y que para lo único que sirve es para dormir, etc.

La verdad es que hay días donde Beethoven es necesario para soportar el día; y me puse a pensar en algo que puede que suene depresivo, pero va en otro sentido y espero explicarme: la felicidad es realmente subjetiva.

Lo que creo te produce felicidad a ti no necesariamente me produce felicidad, y así viceversa. Por ejemplo, a mí me produce felicidad escuchar un concierto para piano de Brahms o de Tchaikovski, o escuchar alguna obra de algún artista dedicado a piezas musicales abstractas como John Cage, Glenn Branca, Arvo Part o Steve Reich. También me produce felicidad escuchar ruido, ya sea Boris, Merzbow o el “Metal machine music” de Lou Reed, música que para algunos puede que no sea tal, me encanta y eso me hizo pensar en esta hipótesis.

Para algunos, mis gustos musicales pueden ser fomes, abrasivos y exasperante para otros. Eso siempre me ha llamado la atención. Las cosas que vivimos, las realidades que enfrentamos, los libros que nos abren mundos, la música que nos mueve nos hacen las personas que somos hoy, y eso no lo cambiaría por nada.

Lo cual hace que me pregunte también ¿haría las cosas de distinta manera? O a lo mejor ¿haría las cosas distintas, sabiendo que cambiaría mi esencia?

Creo que no, ya que somos un constructo de las cosas que nos mueven y nos hacen felices, y eso me ha hecho entender que todos tienen derecho a gustarles las cosas que aman y les producen felicidad. Nunca he entendido a la gente que odia a otros por el hecho de escuchar estilos musicales que no son de su gusto personal. La felicidad está en las pequeñas cosas.