Chile hoy es el reflejo de los cambios sociales que han influenciado al mundo en el último tiempo. Sin duda la pandemia sacó a flote las grandes problemáticas sociales, culturales y económicas que nos han hecho replantear el modelo completo.

Es en este país donde se impuso el modelo neoliberal como experimento para la región y es acá donde se terminará. El proceso ya empezó y estamos siendo testigos de un cambio de paradigma histórico en Chile y el mundo. 

La imposición del modelo en base de la privatización de los derechos fundamentales básicos en Chile, obligó a la gran mayoría a un endeudamiento desproporcionado para ser parte del sistema, pero con nulas garantías para los pobres.

Nos mentimos a nosotros mismos diciendo lo bien que estábamos al mundo, cuando en realidad lideramos el podio al país más desigual de la OCDE, donde el decil más rico gana 27 veces más que el decil más pobre, según un estudio que mide el índice de Gini y que tardó dos años en elaborarse (Fuente: Fundación Sol).

El miedo al cambio que imperó durante tantos años en este país nos hizo normalizar la impunidad de los poderosos, tanto así, que llegó a La Moneda un hombre condenado por robo de un banco, y peor aún, lo permitimos 2 veces sin siquiera cuestionarlo. A eso se suma la precaria reparación y falta de memoria con la violación de los DDHH que ha permitido mantener pactos de silencio de uniformados y civiles para no revelar qué pasó con tantos detenidos desaparecidos, manteniendo viva la gran grieta social que divide al país hasta el día de hoy. Quedó en evidencia el debate presidencial de Chile Vamos, donde cuatro candidatos del oficialismo quedan en silencio al preguntarles por reparación en casos de violaciones a DDHH.

Cargamos con la vergüenza mundial de mantener zonas de sacrificio como si fuera inevitable, crecimos en un Chile tan dañado y sin identidad, que su cultura transformada en consumo y espectáculo llegó a tal nivel, que teniendo el Festival de música más importante en América Latina, avalamos la tradición nefasta de pifiar y echar del escenario a artistas nacionales con trayectoria, sabiendo lo sacrificado y a veces humillante que es ser artista en este país. Nos merecíamos el título de monstruo.

Pero llegó el momento que muchos creímos que no viviríamos para verlo. La nueva constitución se planteó como la salida pactada de los poderes con la ciudadanía movilizada y el resultado ha sido digno de un cuento épico.

En medio de la revuelta llegó una pandemia mundial y el proceso se retrasó, nos encerraron e impusieron el toque de queda más extenso del planeta, con un Ministro expulsado del Colegio Médico que entregó cifras imprecisas y poco rigurosas sobre los muertos de la pandemia, para justificar un plan que jamás tuvo expertos en la materia. Siguiendo la lógica del modelo cerraron todos los espacios de encuentro y cultura mientras mantenían abiertos malls y casinos, impusieron una ley de protección al empleo que obligaba a los trabajadores a usar su seguro de cesantía, pero seguían pagando cotizaciones de AFP e Isapres, y cuando la gente gritaba “¡hambre!” hicieron un vergonzoso show televisivo de entrega de cajas.

Error tras error, el gobierno logró lo inesperado, los poderes por primera vez le dan la espalda a sus financistas y después de 30 años los chilenos pudimos hacer uso de nuestros ahorros previsionales, un gol a los poderosos y el inicio de la convicción que si nos unimos podemos mover los límites, tanto así que incluso después de medio siglo, se ve como posibilidad que un comunista llegue a La Moneda. Quién lo iba a decir, que el neoliberalismo en pandemia le hizo campaña a la izquierda del país.  

La pandemia significó encierro, cesantía y muertes, pero muy en el fondo le trajo a Chile la validación del despertar que vivimos en octubre del 2019, como bien se escribía en las calles “No era depresión, era capitalismo”. El pueblo se organizó y logró 25 cupos para entrar en el debate constituyente a través de la Lista del Pueblo, las feministas lograron impulsar la paridad única en el mundo, que incluso fue en beneficio de los hombres y por primera vez en la historia del país vemos 155 chilenos que representan a la población de forma auténtica, saldando la deuda histórica con los pueblos originarios con 17 escaños reservados. Lo que en la calle se gritó, los poderosos por primera vez  estuvieron obligados a escuchar y, esta vez, desde el puesto que les corresponde como innegable minoría. 

Pero la épica no terminaba ahí. Cuando decidieron quién debía presidir esta convención, se elige a una representante de las minorías históricamente olvidadas y oprimidas; una mujer, mapuche y profesora: Elisa Loncon se convertiría así en un ícono de la reivindicación de luchas, para ver el ocaso del modelo nefasto y el amanecer de la refundación de un nuevo país.