Este libro de cuentos se alza como uno de los mejores de la autora más representativa de la Nueva Narrativa Argentina. Hace rato que quería leer cuentos que me dejaran pasmada, con miedo, que me costara leerlos por lo miedosa que soy a cualquier sombra sobrenatural. 

Lunes 15 de junio de 2020

Le tengo miedo a los fantasmas desde chica, entonces enfrentarme a cuentos con niños diabólicos, muertos resucitados, fantasmas y criminales, me obligaron a dejar de leer varias veces, aunque como todos los placeres masoquistas, volvía al rato y no podía dormir de noche. Una cosa sí es clara: Mariana Enríquez es una grosa que se merece absolutamente todas las flores que le tiran. Todas.

Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016), consta de 12 cuentos de variados temas y extensión, unidos por el desamparo, lo macabro, el dolor y las mujeres, protagonistas de las historias. Casi todas son mujeres abandonadas, o que han roto un lazo amoroso importante, confundidas, entregándose a lo oscuro: crimen, drogas, miedo, violencia.

En cuanto a lo paranormal, Mariana presenta fantasmas o criaturas demoniacas que vienen del pasado histórico de Argentina, como el caso del Petiso Orejudo, el asesino serial más famoso del país. Pero lejos el que más me asustó, fue un niño demonio que aparece en el cuento El patio del vecino porque me recordaba mucho al caso de Dear David (linkeen el nombre a esta url porfa! https://www.esquirelat.com/lifestyle/historia-dear-david-adam-ellis-fantasma/). David es el fantasma que acosa a Adam Ellis en Nueva York y que hace unos años tenía a todo twitter en vilo con sus interacciones. En esos años casi me morí de miedo, estos meses tuve que dejar de leer, poner música y cocinar a las 11 de la noche para poder pensar en otra cosa y lograr dormir. No pude.

Mariana maneja tan bien el suspenso, los misterios, pero sobre todo los fenómenos que generan, como el movimiento de cosas y ruidos, que de verdad sientes que en cualquier momento se van a materializar en tu entorno y hasta ahí me llegaba la lectura. Los cuentos que no tienen estos elementos son igualmente incómodos. Esa es la mejor palabra para describir lo que genera este libro: incomodidad. No se puede estar tranquilo. Tal vez gente con más lectura de suspenso y terror van a pensar que exagero un montón, pero la incomodidad está garantizada, al igual que la calidad de los relatos.

Donde hay protagonismo de mujeres, la relación fraternal entre ellas en cada capítulo abre la posibilidad a una lectura feminista. Sobre todo en el cuento final que da luz a una cofradía de mujeres que llevan la protesta contra la violencia de género, al extremo.

Había dejado de lado la lectura de cuentos argentinos, tan buenos, sorprendentes, (¿satisfactorios?) que siempre me resultaron. Este es un reencuentro con un género y un país que siempre ha dado tanto a las letras de nuestro continente. Nunca más, lo prometo, nunca más me olvido de ustedes.