Muerte, dolor y en cierta medida rabia, esas son las sensaciones que me evocan la visita al Museo de la Memoria.  No es el momento de hacer un contexto histórico o hablar de los hechos que todo el mundo sabe. No busco realizar un tratado extraordinario, ni escribir un ensayo impactante; sino tan sólo evocar la experiencia que me significó la visita al museo, como persona y como profesor de historia.
 
La visita al museo se puede asemejar a un viaje; un viaje corporal por los tres pisos del  establecimiento; así como también un viaje más profundo por la historia reciente que atraviesa el duro Golpe de Estado de 1973, los crímenes de lesa humanidad y la lucha por la vuelta a la democracia. Pero más que de momentos, se trata de un viaje hacia la memoria de mí país, de mí gente y de un dolor que es de ellos, pero también es mío.
 
 
No soy comunista y soy de aquellas pocas personas que no tienen a un familiar cercano desaparecido o torturado; pero la herida la siento fuerte y me duele. Ví mi apellido en una de las víctimas y también en uno de los torturadores y eso me remeció. ¿podría ser una víctima?, ¿podría ser un torturador? Espero que no, pero cuando uno vive esas situaciones límites, nunca se sabe. Me remece pensar que un alumno mío podría haber sido detenido y torturado. Me duele ver el odio, la mentira de la prensa y todas aquellas atrocidades a las que el hombre puede llegar.
 
Objetos como la foto de las sillas que homenajean a los degollados, la cruz inclinada del patio 29, el dibujo de los niños con mensajes cómo: ¿dónde está mi papi? O aquella frase de  Pinochet que señala que “el ejército debía cumplir  la historia y legendaria misión de liberar a la patria del yugo marxista”; me producen una sensación de angustia inexplicable. Siento que esa herida y ese dolor, es un dolor no sólo mío, es un dolor compartido por toda la sociedad chilena.
 
Mirar aquellos objetos fue una experiencia fuerte y necesaria, que me muestra la importancia de conservar y difundir lugares como éste para que “nunca más en Chile se torture y asesine por pensamiento, raza o política”.
 
Cuando escribo estas líneas una fuerte lluvia remece el museo, es como si Chile mismo llorara a sus hijos. Quizás ésta sensación se pueda conceptualizar bajo el rótulo civi de “Violación a los Derechos Humanos” o también bajo el concepto religioso de “Violación a la Dignidad Humana”. La verdad es que uno tiene que sufrir y palpar el dolor en carne propia, para que estos conceptos de “Dignidad Humana”, “Derechos Humanos” o “Dictadura Militar”, cobren un sentido más allá de lo meramente racional, pues está en uno mismo, en el revivir ese dolor en las fibras del sentimiento.
 
De ahí la importancia de que uno como docente pueda compartir esta experiencia de vida con los niños, para que la sociedad en su conjunto pueda avanzar reconociendo las heridas del pasado-presente, para construir un futuro mejor, una sociedad inclusiva y respetuosa; dicho en términos académicos, una sociedad que respete la diversidad, resguardando los Derechos Humanos de todos sus miembros.
 
El respeto es la única clave que nos puede ayudar a levantar una sociedad más feliz, “una sociedad que sin perdón ni olvido” pueda levantarse nuevamente y reconstruirse a sí misma, desde sus triunfos y dolores.