Es difícil  criticar objetivamente a una película como “NO”, ya que hay muchos sentimientos y fibras sensibles que se entremezclan con nuestra propia historia reciente.
Hoy cuando sentimos la fuerza de un sistema político anquilosado, una clase política alejada de la ciudadanía, un masivo descontento de los jóvenes hacia las autoridades y una educación que pide a gritos reformas reales; hoy cuando  vemos la antigüedad de un rígido sistema binominal que no abre oportunidades a nuevos actores sociales; sentimos como las voces del “NO” siguen rondando en el ambiente con ese épico triunfo sobre la dictadura, pero también con esa esperanzadora, pero ahora anquilosada alianza llamada “Concertación”.
La obra  cinematográfica de Pablo Larraín es ambivalente, por momentos tiene álgidos periodos de acción, en otras situaciones coquetea con la ironía y el humor negro y por otros, se confunde con un reportaje. La trama es bastante simple: narra las vivencias de René Saavedra (personificado por Gael García) un publicista que estuvo exiliado en México, el cual vuelve a Chile en plena dictadura para trabajar en diferentes proyectos publicitario, pero que termina, casi sin quererlo, incorporándose como director creativo de la épica Campaña del No que fue decisiva para la derrota de Pinochet en el plebiscito de 1988.
 
           

El mayor éxito metodológico de esta producción cinematográfica, a mí parecer, es la filmación en soportes de video U-Matic ¾ que se usaban a finales de los años 80; lo que entrega a la película un ambiente borroso, difuminado, pero perfecto para calzarla con imágenes verdaderas del periodo, transmitiendo una excelente atmósfera de época, lo que se enriquece con el buen tratamiento del miedo y la tensión propias de la dictadura. 

Si bien es cierto que la película por momentos cae en mesetas, y tiene una velocidad más apropiada para los años 80 que para el cine del siglo XXI- lo que pudo haber sido intencionado- creo que tiene bastantes alcances positivos, tantos en lo que se refiere a las formas de pensar, miedos, visiones políticas y tensiones propias de uno de los momentos más negros de la historia de Chile. En este sentido Pablo Larraín, juega con la ironía, transmitiendo su posición a través de  gestos y de actos, más que del guión, que en este caso, claramente pasa a ser un actor secundario, frente a la fuerza de la fotografía y de los gestos visuales.
Así, comienza a esbozarse la metaironía del film: y es que las reformas económicas neoliberales implantadas por los Chicago Boys triunfaron tan espectacularmente en la sociedad chilena, que la única forma que lograron los partidos de oposición para derrotar a la dictadura, es usando sus mismas armas. En este sentido, no deja ser irónico que los partidos  llamaran a un publicista, especialista en el marketing y en la venta de productos, para que lograra vender  en 15 minutos un paquete que incluía la vuelta de la democracia, la caída de Pinochet, la vuelta de los partidos políticos y el concepto de la alegría. Aunque no nos engañemos, el triunfo de la democracia no se debió a un puñado de publicistas creativos, sino que fue un triunfo de la sociedad civil y de años de resistencia de diversos grupos ciudadanos. Aunque más allá de eso, habría que ser miope para omitir que la franja del No fue decisiva en esta historia.
Lentamente y con suma agudeza se va preparando el final de la historia: en los últimos instantes, la tensión aumentaba; los compotus favorables, el corte de luz, el retraso de los resultados, el silencio sepulcral, todo apuntaba hacia un posible complot en los resultados cuando el general  Matthei da a conocer el triunfo del No. Aquí las masas estallan en alegría, los políticos se envuelven de cámaras…cuando, anónimamente, sale caminando René Saavedra, con un gusto agridulce, sin medallas, sin reconocimientos, con el deber cumplido, pero sin un abrazo de los políticos. En ese instante casi atemporal, se esbozaba lo que llegó después: el conformismo de una concertación  que se entregó a los flashes del poder, olvidando a quiénes fueron los verdaderos protagonistas de la historia, las personas de Chile.
El trabajo de Saavedra, el helicóptero, los galanes de televisión, los políticos autorreferentes, nos obligan a preguntar: ¿en aquel plebiscito ganó la vuelta a la democracia o ganó la consolidación del sistema neoliberal de mercado impuesto por Pinochet?