Opinión
Recordar es un acto complejo, por más que sea realizado individualmente. Implica hacer patente una realidad ida, escarbando en los enmohecidos anaqueles de la memoria en busca de retazos del pasado. Por eso, recordar nos emparenta con el arqueólogo, pero también con el arquitecto, pues nos induce a reconstruir de manera comprensiva un relato. Como quien diseña un edificio, el recuerdo debe sostenerse sobre bases sólidas, es decir, en ideas, conceptos y valoraciones fidedignas, por más subjetiva que sea la experiencia humana. De otro modo, ¿qué certidumbre otorga vivir en el tiempo? Por eso, siempre debe orientarla la incansable búsqueda de la verdad.
 
El ejercicio se hace más complejo si se realiza colectivamente, en el seno de una comunidad como la familia, el colegio o el Estado. Al difícil pero inocente acto de recordar, se le une el de la responsabilidad histórica. En estos casos, ya no es suficiente constatar lo que “realmente ocurrió” a través de la memoria colectiva. Esa exploración, y las conclusiones que de ella se deriven, deben estar dotadas de un sentido trascendente: tiene que ser un acto que funde comunidad, que dé identidad al grupo, que otorgue un sentido al cómo actuar y al cómo pensar de sus miembros. La añosa fórmula de “la Historia, maestra de la vida” toma así su sentido más literal.     
 
Al conmemorar un nuevo aniversario del 11 de septiembre, estamos obligados precisamente a evocarlo de esta manera, poniendo énfasis en la responsabilidad a la hora de interpretar los hechos y teniendo en cuenta a aquéllos a quienes legamos el relato mitificado. Reflexionar en el aula sobre lo ocurrido se hace imprescindible hoy más que nunca. Como formadores de ciudadanos, los profesores tenemos la responsabilidad de crear el espacio para el debate, independiente de nuestra asignatura y área de expertiz. Bien sabemos que el olvido es un vicio antipedagógico.
 
El historiador italiano Giuseppe Sergi propuso el concepto de “deformación en perspectiva” para explicar que toda sociedad tiende a recordar más claramente el pasado reciente y, tal como ocurre cuando se mira al horizonte, los hecho pretéritos alejados del observador parecen empequeñecidos por la distancia, poco trascendentes o innecesarios de rememorar. Sin embargo, son atractivas en cuanto más objetivas que las primeras, porque no comprometen ni se funden en la experiencia individual de sujetos vivos. Pensar nuestra historia reciente es entonces un desafío que debemos resolver colaborativamente, pues los testigos y protagonistas viven para dotar de significado los relatos. Allí está la ventaja, pero también el peligro. El profesor tiene la responsabilidad de enseñar a sus alumnos a cargar la farragosa experiencia de otros y así evitar interpretaciones parciales, prejuiciosas y antojadizas que impidan crear futuro. 
 
En este sentido, todo esfuerzo de reconstrucción histórica en el aula debe partir de la siguiente premisa: en un enfrentamiento fratricida, entre hermanos, como lo fue el que nos dividió en 1973, no existen vencedores, sino sólo vencidos. En nuestro caso, sucede que los derrotados fuimos los chilenos. Es la identidad colectiva (que crea comunidad, real o imaginada) la que se fragmenta inexorablemente. Ésta es una característica compartida con todo tipo de guerra civil, interétnica e interreligiosa. Y ocurre que, en sociedades más o menos organizadas, al opositor se le combate con ideas; al enemigo, con la fuerza. Es por todos conocidos lo que significó en la práctica esta transmutación de opositor a enemigo  y lo difícil que ha sido volver a mirarnos como hermanos a más de cuarenta años del quiebre institucional y democrático del país. 
 
Reconocer la naturaleza fratricida del conflicto, parece ser un buen comienzo. Reconocernos como víctimas y culpables, ayuda a avanzar. Sin embargo, sólo la responsabilidad histórica permite edificar sociedades. En esta tarea, el profesor encuentra el sentido más profundo de su vocación.