El 2013 se estrenó esta cinta de Denis Villeneuve -que en Chile se conoció como La sospecha– donde dos hombres investigan en solitario la desaparición de unas niñas a plena luz de día, en la calle donde viven. 

Jueves 23 de abril

El director de Incendies y La llegada expone crudamente hasta dónde son capaces de arrastrar las obsesiones a los seres humanos, cuando el sentido de justicia y castigo está en juego. En esta película filmada en el estado de Pennsylvania, el espectador es testigo de cómo se desmorona la armonía de las familias de Keller Dover (Hugh Jackman) y Franklin Birch (Terrence Howard), cuando en una reunión de ambos clanes, desaparecen Anna y Joy -las hijas menores de cada uno.

Esta desesperada y extenuante búsqueda que se desarrolla en una semana y media,  con el frío y la nieve a cuestas, está a cargo del detective Loki (Jake Gyllenhaal) un cínico, pero eficiente policía, cuyos métodos de trabajo chocan con la sed de justicia y venganza que se apodera de los padres de las niñas, especialmente en el contratista Keller, que descarga toda su energía e ira en hacer todo lo posible para encontrar a su hija y castigar con sus propias manos a él o los responsables.

Escrita por Aaron Guzikowski, Prisioneros es una historia bastante intensa, que llega a incomodar. Desarrolla hasta límites insospechados los temores de quienes pierden el control de las cosas, como las figuras paternas. Hay un minucioso trabajo de construcción de personajes en los papeles de Jackman y Gyllenhaal. En el primero está presente la influencia de la educación religiosa y cómo esta llega a ser usada como justificación para ejercer la violencia más descarnada, junto con la obsesión y ceguera en medio de la peor pesadilla que puede enfrentar una familia norteamericana, cuando el peligro aterriza de forma invisible en lugares considerados seguros e impenetrables: los barrios residenciales. El segundo, tiene en común con el padre desesperado su inevitable falta de control ante la derrota y la impotencia de no poder salvar la vida a alguien, ya que es su deber. Son irracionales e impulsivos la gran mayoría del tiempo y no pueden concebir que haya alguien más poderoso que ellos, oculto en el anonimato, jugando con sus psiquis, mientras tienen vidas inocentes en su poder.

La violencia es parte inherente de sus personalidades, ya sea por la familia en que crecieron o la profesión que ejercen. Ambos actúan como hombres que se sienten superiores, porque tienen que brindar protección a otros y no hayan el equilibrio.

Aún con un guion con desenlace impactante, el desarrollo de ciertas escenas carece de una dosis justa de agilidad, que afecta en más de una oportunidad al largometraje de dos horas y media de duración. Hay momentos lentos, que dan la sensación de extenderse, ante la ausencia de musicalización en ciertas partes. Pese a tener grandes actrices como Viola Davis y Melissa Leo, el guion prefiere dar mayor crecimiento y relevancia a los protagonistas masculinos, lo cual no está mal, pero llama la atención considerando su talento. No deja de hacer ruido el que sus personajes pasen a segundo plano o sus motivaciones no tuviesen quizás el mismo impacto o profundidad que las de Jackman y Gyllenhaal.

En el aspecto técnico, la gran mayoría ha aplaudido la cinematografía de Prisioneros y la dirección de arte que ayuda a incrementar el aspecto desolador e inquietante cubierto de nieve, bosques profundos y viviendas que no son lo que parecen. La dirección de actores es de muy alto nivel, sin lugar a duda. Pese a lo dicho anteriormente, este filme puede considerarse como una de las películas de suspenso más estimulantes y  sorprendentes de la última década.