Quizás éste ha sido uno de los desafíos más difíciles que me ha tocado enfrentar; aunque no podía rechazar la invitación que me hizo el comité de Via Sinapsis para escribir sobre mi padre, Sergio Vergara Quiroz.
 
Ruego al público me perdone, no pretendo ser “objetivo”, ni “académico”, busco simplemente realizar una aproximación humilde a partir de mi mirada como hijo y estudiante de historia.
 
Durante mi infancia y adolescencia, simplemente viví con un padre normal, profesional, exigente y respetuoso, pero, por sobre todas las cosas ,un padre que te acompañaba en lo cotidiano, en el paseo de campo o en alguna charla sobre la historia. Tras su muerte a mis 17 años, sólo me sorprendí de la enorme cantidad de gente que vino a despedirlo, pero dejé de lado su obra. Se puede decir que en esos momentos, y yo estudiando historia en su mismo ámbito, inconscientemente competía con él y la mejor forma de validarme académicamente era prescindiendo de su presencia, aunque siempre sentí que estaba cerca,  pero me hacía el desatendido.
 
Ya con el paso de los años, ciertas situaciones anexas empezaron a remover mi interés. Primero por motivos de estudios universitarios me fue necesario revisar algunas obras suyas como si fuese un autor más; y ahí me encontré con escritos sumamente lúcidos sobre materias difíciles como la Historia de la mujer (ámbito en el que fue pionero en Latinoamérica) Historia del Ejército, de la muerte,  y del tiempo. Recién ahí comencé a  “dialogar” con su obra.
 

Luego, el año 2011, se  editó un libro dedicado a su obra en la Universidad de Playa Ancha con un homenaje público en el Salón de Honor. Mientras que este año tuve la oportunidad de visitar Argentina, sorprendiéndome como las “X Jornadas de Historia de la Mujer y Género” y “El Congreso Iberoamericano de la Mujer”, realizadas en la ciudad de San Juan, se dedicaron a su nombre.  Los recuerdos de su persona se suscitaban por doquier, incentivando mis preguntas acerca de : ¿Por qué tanta gente lo recuerda? ¿Por qué tantos homenajes para un Historiador que no fue premio nacional?
 
Y en ese momento intenté aproximarme a su vida, a su visión sobre la Historia y el mundo. Comprendí que su nacimiento al sur de Chile, sus estudios en el liceo, su posterior paso por la Universidad de Chile ejerciendo como docente universitario, donde integraba los programas de magíster y de doctorado y su compromiso familiar, eran aspectos necesarios para comprender su facilidad para abordar temas difíciles y complejos en un lenguaje cerano.
 
Sergio Vergara entendía que la Historia sólo tenía sentido si se incorporaba a la condición humana y la capacidad colaborativa; él la hacía dialogar con la cotidianidad y la sociedad. Por ende, criticaba la Historia liviana, fácil, ensayista con poco apego al rigor y amante de las generalizaciones grandilocuentes y simplistas; también cuestionaba profundamente la Historia ideológica que etiquetaba a historiadores clásicos con el rótulo de “historia oficial” para justificar la “historia no oficial” entendida como una reivindicación de los vencidos.  Así, entendía que el auge de estas dos visiones, daban cuenta de una crisis de la historia académica tendiente a mamotretos somnolientos, títulos rimbombantes y prepotentes.
En su opinión, antes que los próceres, antes que los grandes hitos, antes que las reivindicaciones populares, antes que todo,  el gran deber de la Historia es encontrar un sentido al pasado para hacer comprensible el presente. La disciplina, en cuanto institución humana, , tiene el deber de abordar con criticidad y valentía al pasado, mostrando y analizando los errores, pero, así mismo, él tenía una visión positiva que destacaba los acuerdos por sobre las luchas, buscando las relaciones y  colaboraciones por sobre lo impositivo.
 
Así, sin temor a abordar los defectos, Sergio Vergara creía que se debía observar al pasado con una mirada de chilenos y latinoamericanos,  viendo lo que nos honra, como la solidaridad, la tolerancia religiosa, el aprecio a la patria, el sacrificio de nuestra gente, el cariño por la paz y la solidez de nuestras instituciones.
 
 
En definitiva, y con mis palabras,  él propuso una mirada con amor por el pasado y su gente, destacando su trabajo, convivencia, civismo, colaboración y respeto. Por sobre la muerte hay vida, por sobre los atropellos hay solidaridad, por sobre el odio, hay amor. La Historia es nuestra, está en la plaza pública,  en un estatua como en un mendigo; está en los grandes edificios como en las pequeñas casas. En definitiva, es una Historia que sin justificar errores, ame a su gente porque encuentra en ella el valor de quiénes somos, porque ve en el profesor de escuela rural, en el carabinero de la frontera, en el político honrado, en el servidor público, en el empresario dadivoso, en el obrero sacrificado,  el Chile que construimos: un Chile que se sienta orgullosamente americano, respetuoso de su pasado y positivo frente a su futuro.