Un país que sale a las calles a exigir dignidad, es preocupante, porque lo más esencial de las personas puede salir vulnerado y que, en medio de las genuinas manifestaciones, afrontemos una pandemia mundial, puede ser lapidario.

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Aunque salimos hace más de un año a las calles demostrando que somos una indiscutible mayoría, exigiendo cambios radicales en la construcción de la sociedad; nos topamos con la evidencia empírica de que el gobierno aún no tiene una clara noción de cuál es el país que dirige. Mientras aún seguimos sintiendo exactamente lo mismo, no hemos avanzado y la dignidad se ve lejos de llegar.

La dignidad según la RAE es la valoración del ser humano en una sociedad que fomenta la igualdad ante el estado, el honor de tus acciones y el respeto de las personas.

Y justamente es esto lo que el gobierno dejó de validar, imponiendo políticas criminalizadoras que buscaban sacar el foco a lo realmente importante, con las que aumentó aún más la sensación de esclavitud a la que nos tiene sometidos. Porque aunque suene extremo, el antónimo de dignidad es ser esclavo, puesto que transgrede todos sus principios entre pares: la igualdad, el honor y el respeto.

El sistema presidencialista y neoliberal en este caso se convierte en el gran amo, debes obedecer y ser fiel a las normas impuestas, que fueron hechas a medida de los grandes capitales nacionales para mantener herencia, y con ella, poder seguir acumulando privilegios.  Los mismos privilegios que la primera dama se asustaba de compartir. Las personas nos transformamos en un instrumento para los medios de comunicación y la educación, perfilando y dividiendo a la sociedad, y por otro lado nos obligaron a ahorrar en sus mismas arcas.

Chile es uno de los pocos países cuya deuda externa se ha mantenido baja, mientras su población ha tenido que salir a endeudarse. El 78% de las familias en Chile acumula una deuda superior al 80% de sus ingresos según el Informe de Cuentas Nacionales del segundo trimestre de 2020 que realiza el Banco Central.

¿Qué quiere decir esto? Que cada vez que nos endeudamos, sostenemos la economía y con ello los capitales importantes de Chile, como el de nuestro presidente, de quien nos enteramos que su fortuna en pandemia creció en 300 millones de dólares.

 El Mostrador, 21 de mayo

A esta altura hablar de las negligentes medidas que ha tomado el gobierno en la pandemia, es redundante. Sólo por nombrar alguna, la que sería una ayuda concreta y visible, se transformó en un denigrante espectáculo de nuestras autoridades, codeándose para salir en la foto junto a la cajita feliz del gobierno. Las leyes impulsadas por el ejecutivo fueron casi en su totalidad en contra de las personas y de su derecho a manifestarse. Ningún aporte real a las problemáticas que se gritaron durante los meses pre pandemia, ni mucho menos a soluciones reales para amortiguar la crisis sanitaria. Un mal precedente para llegar a final de año con la foto de las vacunas aterrizando, porque como buenos empresarios, no escatimaron en traer un producto cuya demanda se hará indispensable.

El balance del año para Piñera parece una mala película de humor negro, primero vemos al mandatario llamando a su par en China a principio de año, luego aparece la célebre frase que se viralizó a nivel mundial del ahora ex ministro de Salud: “El virus puede volverse buena persona”, pasando por desafortunadas campañas como “la nueva normalidad”, “vuelta a clase segura”, el “paso a paso”

Las “cuarentenas dinámicas” o el posible desfalco en arriendos de espacios para residencias sanitarias. Y para el final, una autodenuncia por andar sin mascarilla en la, probablemente única, playa donde puede pasearse y le pidan fotos.

concierto.cl

La dignidad humana no es para todos, es innata, es un aspecto positivo, da satisfacción y felicidad, es un valor que al otorgarse logra generar conexión entre las personas, creando comunidades con códigos colectivos cuyos límites son éticos y morales. Al traspasarlos, la dignidad deja de tener el valor ético que corresponde en una sociedad, y pasa a ser algo insignificante. Por lo tanto, si un presidente no entiende el valor de la comunidad y sus límites, se vuelve indigno de su pueblo.